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Agro latinoamericano ante la suba del petróleo por el conflicto Irán-EE.UU.

La escalada bélica en Medio Oriente elevó el Brent por encima de los US$80 y encendió alertas en el comercio agrícola de América Latina y EE.UU., por su impacto en fertilizantes, fletes y balanza comercial.

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AgroLatam es una red de periodistas especializados en agroindustria y agroalimentación en América Latina. Produce contenidos editoriales colectivos sobre producción, mercados, comercio agropecuario, innovación y políticas del sector.

El conflicto entre Irán, Estados Unidos e Israel escaló en las últimas horas y provocó un fuerte salto del Brent, que superó los US$80 por barril, su mayor alza en cuatro años. La tensión geopolítica, centrada en la amenaza de bloqueo del Estrecho de Ormuz -por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial-, reconfigura los flujos comerciales globales y tiene efectos directos sobre el comercio agrícola América Latina y su vínculo estratégico con EE.UU.

Para el sector agropecuario regional, el impacto no es abstracto: el petróleo es un insumo transversal que incide en fertilizantes, combustibles, transporte, procesamiento industrial y logística de exportación. La suba del crudo introduce volatilidad en las cadenas de valor agroalimentarias, presiona los costos en dólares y puede alterar la competitividad relativa de los principales exportadores de commodities agrícolas.

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En materia energética, el efecto es heterogéneo. Argentina, Brasil, Colombia y México, con producción relevante de hidrocarburos, podrían mejorar sus ingresos por exportaciones energéticas y fortalecer su balanza comercial si los precios se sostienen. En el caso argentino, cada incremento significativo del barril amplía el superávit energético y mejora la disponibilidad de divisas, clave para estabilizar el frente externo.

Sin embargo, Chile, Perú, Uruguay, Paraguay y gran parte de Centroamérica, importadores netos de combustibles, enfrentarán mayores costos en su matriz productiva. Para todos, incluso los exportadores de crudo, el desafío radica en el traslado interno de precios y en su impacto sobre el gasoil agrícola, determinante en siembra, cosecha y transporte.

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Un capítulo central es el de los fertilizantes, altamente dependientes del gas natural y de la energía. Irán es un actor relevante en la producción de urea y derivados nitrogenados. Una disrupción prolongada en Medio Oriente podría tensionar la oferta global y encarecer insumos estratégicos para maíz, trigo y arroz. América Latina, con excepción parcial de Brasil, mantiene una alta dependencia de fertilizantes importados. Un aumento sostenido afectaría márgenes productivos y decisiones de inversión en la próxima campaña, especialmente en sistemas intensivos.

Además, la suba del petróleo impacta directamente en los fletes marítimos y terrestres. El transporte de granos, carnes y subproductos hacia EE.UU., Europa y Asia depende de costos competitivos en combustibles y seguros. Un Brent elevado incrementa tarifas de buques graneleros y contenedores, encarece pólizas ante mayor riesgo geopolítico y presiona los valores FOB/CIF, reduciendo margen exportador o trasladando precios a destino.

En el plano interno, el alza del diésel afecta el traslado desde zonas productivas hasta puertos y plantas de procesamiento, tensionando la infraestructura vial y portuaria. Países con cuellos logísticos estructurales podrían ver amplificado el impacto.

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Para el comercio agro EE.UU.-Latam, la volatilidad energética también tiene implicancias. Estados Unidos, como gran productor agrícola y energético, podría beneficiarse por mayores ingresos en shale oil y gas, pero sus productores enfrentarán mayores costos de insumos y transporte. En este contexto, la competitividad relativa entre el Mercosur y el T-MEC podría ajustarse según tipo de cambio, subsidios agrícolas y políticas internas.

Desde la perspectiva macro, el riesgo de un flight to quality puede encarecer el financiamiento para economías emergentes, afectando inversión en tecnificación, agricultura digital y sustentabilidad. No obstante, un escenario de precios energéticos firmes también podría dinamizar el mercado de biocombustibles, impulsando etanol en Brasil y biodiésel en Argentina y Paraguay, integrando aún más energía y agroindustria.

El factor clave será la duración del conflicto y la reacción de potencias como China -principal comprador de soja y carnes latinoamericanas- y Rusia, jugador determinante en energía y fertilizantes. Una desaceleración global por shock energético podría moderar la demanda de alimentos, afectando precios internacionales.

En síntesis, el alza del petróleo derivada del conflicto Irán-EE.UU. constituye un shock externo relevante para el agro latinoamericano. Puede fortalecer la balanza energética de algunos países, pero al mismo tiempo elevar costos en fertilizantes, combustibles y logística. La resiliencia del sector dependerá de la diversificación de mercados, eficiencia logística, estabilidad macroeconómica y capacidad de agregar valor en un escenario internacional más incierto.

Para América Latina y su vínculo estratégico con EE.UU., el desafío será sostener competitividad en los mercados agrícolas regionales y globales, en un tablero donde energía y alimentos vuelven a estar estrechamente interconectados.

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