Geopolítica

La caída de Maduro expone los límites del poder de Rusia en América Latina

La incapacidad de Moscú para sostener a su principal aliado regional reconfigura el equilibrio geopolítico en América Latina y abre una nueva etapa de influencia de Estados Unidos.

María José Huerta
Periodista agroalimentaria enfocada en cadenas de valor, agricultura sostenible y acuerdos comerciales, con especial atención al impacto de estas dinámicas en los sistemas agroalimentarios de América Latina.

La remoción de Nicolás Maduro del poder en Venezuela durante una operación militar estadounidense realizada en enero de 2026 marcó un punto de inflexión para la presencia de Rusia en América Latina. Más allá del cambio político en Caracas, el episodio dejó en evidencia que Moscú ya no cuenta con la capacidad política, militar ni logística para proteger a su principal aliado en la región, pese a dos décadas de cooperación estratégica, miles de millones de dólares en inversiones y una estrecha relación construida desde la llegada de Hugo Chávez al poder.

El desenlace también modificó el equilibrio geopolítico en el hemisferio occidental. Mientras Estados Unidos volvió a demostrar capacidad de intervención directa en su área de influencia, Rusia enfrentó una realidad distinta: su distancia geográfica, el desgaste provocado por la guerra en Ucrania y la reducción de recursos limitaron cualquier posibilidad de respuesta.

Durante años, Venezuela representó el principal punto de apoyo del Kremlin en América Latina. Sin embargo, la crisis de 2026 mostró que el peso político acumulado por Moscú no logró traducirse en capacidad real para alterar el curso de los acontecimientos.

Venezuela fue la principal apuesta rusa en la región

La relación estratégica comenzó a consolidarse con Hugo Chávez, quien impulsó una política exterior orientada a reducir la dependencia venezolana de Estados Unidos y diversificar sus alianzas internacionales.

Para Rusia, Venezuela ofrecía condiciones excepcionales: importantes reservas petroleras, capacidad financiera derivada de los altos precios del crudo y un liderazgo dispuesto a cuestionar abiertamente la influencia de Washington en América Latina.

Entre 2005 y 2016, ambos países firmaron más de 40 contratos militares valorados en aproximadamente US$ 11.500 millones.

Durante ese período, Venezuela incorporó cazas Su-30MKV, helicópteros Mi-17 y Mi-35, tanques T-72, sistemas de defensa antiaérea S-300VM y Buk-M2, lanzacohetes múltiples y miles de fusiles Kaláshnikov.

Rusia también otorgó créditos, capacitó personal militar venezolano, realizó tareas de mantenimiento sobre el equipamiento suministrado y desplegó ocasionalmente bombarderos estratégicos y buques de guerra en el Caribe.

Aunque esas operaciones tenían escasa relevancia militar frente al poder estadounidense, ofrecían un fuerte valor simbólico: Moscú mostraba que podía proyectar presencia en el hemisferio occidental como respuesta a la expansión de la OTAN y la influencia de Washington en Europa del Este.

No obstante, detrás de esa imagen de alianza estratégica aparecieron numerosos problemas.

Diversos proyectos industriales vinculados a la cooperación militar acumularon retrasos durante años. Uno de los casos más representativos fue la construcción de una fábrica para producir fusiles Kaláshnikov y municiones en Venezuela, una iniciativa que sufrió reiterados incumplimientos, denuncias de corrupción y sobrecostos, convirtiéndose en uno de los ejemplos más visibles de las dificultades que enfrentó la relación bilateral.

El sector energético constituyó el segundo gran eje de cooperación.

Empresas como Rosneft participaron en proyectos petroleros junto a PDVSA, además de otorgar financiamiento anticipado garantizado mediante futuras exportaciones de petróleo.

Sin embargo, el deterioro de la economía venezolana modificó gradualmente las prioridades rusas. En lugar de expandir inversiones, Moscú pasó a concentrarse en proteger activos existentes y recuperar préstamos concedidos durante años anteriores.

La posterior confiscación de activos rusos anunciada por las nuevas autoridades venezolanas redujo aún más las perspectivas de recuperar esos recursos.

La guerra en Ucrania redujo la capacidad de Moscú para sostener a sus aliados

La invasión rusa a Ucrania iniciada en febrero de 2022 modificó profundamente la estrategia internacional del Kremlin.

Antes del conflicto, Rusia buscaba ampliar su presencia política y militar en distintas regiones del mundo. Después del inicio de la guerra, gran parte de sus recursos pasaron a destinarse exclusivamente al esfuerzo bélico.

La industria de defensa rusa comenzó a priorizar el abastecimiento de sus propias fuerzas armadas, reduciendo el mantenimiento de equipos vendidos al exterior, el suministro de repuestos y los programas de capacitación para socios internacionales.

Pese a ello, Venezuela, Cuba y Nicaragua continuaron respaldando públicamente la posición rusa frente al conflicto.

Caracas responsabilizó desde el inicio a Estados Unidos y la OTAN por el estallido de la guerra y sostuvo una posición alineada con Moscú en los principales foros internacionales.

Al mismo tiempo, Rusia fortaleció su relación con países latinoamericanos que evitaron sumarse a las sanciones occidentales, entre ellos Brasil, México y Colombia, aunque sin transformarlos en aliados estratégicos.

La política rusa logró impedir que América Latina se incorporara plenamente al bloque de sanciones impulsado por Occidente, pero no consiguió ampliar significativamente su influencia económica ni militar.

Paradójicamente, mientras la capacidad material rusa disminuía, ambos gobiernos elevaron formalmente su relación.

En mayo de 2025, Vladimir Putin y Nicolás Maduro firmaron un Tratado de Asociación Estratégica y Cooperación, que ampliaba la colaboración política, energética, económica y militar entre ambos países.

La ratificación del acuerdo apenas unos meses antes de la caída de Maduro terminó resaltando aún más la incapacidad rusa para sostener a su principal socio regional.

La operación estadounidense redefinió el escenario regional

La captura de Maduro representó un fuerte golpe para la imagen internacional del Kremlin.

Durante años, uno de los principales argumentos de la política exterior rusa había sido presentar su apoyo como un elemento capaz de fortalecer la estabilidad de gobiernos aliados frente a presiones externas.

Sin embargo, los sistemas de defensa aérea suministrados por Moscú no lograron impedir la operación estadounidense.

Analistas consideran que múltiples factores pudieron influir en ese resultado: falta de mantenimiento, escasez de repuestos, entrenamiento insuficiente de las tripulaciones, deficiencias en la coordinación militar o superioridad tecnológica de las fuerzas estadounidenses.

Más allá de las razones técnicas, el mensaje político resultó contundente.

Décadas de cooperación militar y miles de millones de dólares en armamento no alcanzaron para evitar la caída del principal aliado ruso en América Latina.

Poco después, otro episodio reforzó esa percepción.

Tras los terremotos registrados en Venezuela en junio de 2026, la ayuda humanitaria internacional llegó rápidamente desde distintos países.

La asistencia rusa, en cambio, se produjo con retraso, evidenciando nuevamente las limitaciones logísticas y operativas de Moscú para actuar en la región.

La nueva administración estadounidense profundizó una política orientada a recuperar influencia en el hemisferio occidental mediante una reinterpretación contemporánea de la Doctrina Monroe, priorizando la reducción de la presencia de potencias extrarregionales.

Aunque el principal desafío para Washington continúa siendo la creciente presencia económica de China, el margen de acción ruso también se redujo considerablemente.

Al mismo tiempo, el avance de gobiernos de centroderecha y derecha en varios países latinoamericanos modificó el escenario político que durante años facilitó el acercamiento entre Moscú y diversos movimientos de izquierda.

Ante esta nueva realidad, los especialistas consideran que Rusia difícilmente intente construir un nuevo aliado con las características que tuvo Venezuela.

La influencia rusa se concentrará en la información y la diplomacia

La nueva estrategia del Kremlin parece orientarse hacia una presencia menos costosa y más focalizada.

En lugar de grandes inversiones militares o financieras, Rusia buscaría sostener su influencia mediante la diplomacia, los vínculos dentro de los BRICS, el comercio de productos específicos -como fertilizantes- y una intensa actividad comunicacional.

Durante los últimos veinte años, Moscú desarrolló una importante infraestructura de medios en español, integrada por RT en Español, Sputnik y una amplia red de plataformas digitales.

Ese aparato informativo adquiere ahora un papel central para mantener presencia política en la región.

En este escenario, la caída de Maduro no implica el retiro completo de Rusia de América Latina, pero sí marca el final de una etapa caracterizada por la expansión de su influencia material. A partir de ahora, la capacidad del Kremlin para incidir en la región dependerá mucho más de la diplomacia, la comunicación y las alianzas puntuales que de la proyección militar que durante años convirtió a Venezuela en el principal símbolo de su presencia en el continente.

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