Lo que hoy hacen en los arrozales podría convertirse mañana en un ingreso extra para los productores
Especialistas de Chile, Argentina, Brasil y Uruguay impulsan un modelo de arroz sostenible que reduce el uso de agua y metano, con la mira puesta en los mercados de carbono.
Chile, Argentina, Brasil y Uruguay dieron un nuevo paso para transformar la producción arrocera en un sistema más eficiente y competitivo. Durante un encuentro internacional realizado en las regiones chilenas de Maule y Ñuble, especialistas, investigadores y autoridades analizaron estrategias para reducir el consumo de agua, disminuir las emisiones de metano y abrir la puerta a nuevas fuentes de ingresos para los productores mediante los mercados de carbono.
La iniciativa, impulsada por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA), busca que las mejoras ambientales realizadas en los arrozales no solo beneficien al clima, sino que también generen un retorno económico para quienes producen, a través de mecanismos de certificación y sistemas que permitan verificar científicamente la reducción de emisiones.
Menos agua, menos metano y una producción más eficiente
Uno de los principales desafíos del cultivo de arroz es su elevada demanda de agua. El sistema tradicional de inundación permanente mantiene los lotes anegados durante gran parte del ciclo productivo, una condición que además favorece la generación de metano, uno de los gases de efecto invernadero con mayor impacto sobre el calentamiento global.
Los especialistas coincidieron en que la adopción del riego intermitente representa una de las alternativas más prometedoras para enfrentar ambos problemas.
Las experiencias presentadas durante el seminario muestran que los sistemas tradicionales pueden requerir entre 18.000 y 20.000 metros cúbicos de agua por hectárea, mientras que las nuevas estrategias de manejo permiten reducir ese consumo hasta 10.000 o 12.000 metros cúbicos, sin afectar los rendimientos ni la calidad del grano.
El riego intermitente permite reducir significativamente el consumo de agua y las emisiones de metano sin afectar el rendimiento del cultivo.
Al disminuir los períodos de inundación también cambia la actividad biológica del suelo, reduciendo significativamente la producción de metano. A ello se suman otros beneficios agronómicos, como una utilización más eficiente de los fertilizantes, menor necesidad de semillas y nuevas alternativas para el control de malezas.
No obstante, los expertos advirtieron que la transición requiere capacitación, infraestructura y acompañamiento técnico permanente, ya que el manejo del agua debe adaptarse al estado del cultivo y a las condiciones específicas de cada establecimiento.
Los mercados de carbono aparecen como una nueva oportunidad
Más allá del beneficio ambiental, el proyecto busca convertir esas mejoras en una ventaja económica para los productores.
Para lograrlo, se trabaja en el desarrollo de un sistema digital de Monitoreo, Reporte y Verificación (MRV) que permita medir con precisión las reducciones de emisiones y certificar las prácticas sostenibles implementadas en los establecimientos arroceros.
Contar con información verificable es considerado un paso indispensable para que, en el futuro, los productores puedan participar en mercados de carbono, donde las reducciones de emisiones podrían transformarse en una nueva fuente de ingresos.
Sin embargo, los especialistas coincidieron en que todavía existen desafíos importantes. Será necesario definir quién financiará las mediciones, cómo se realizará la certificación, de qué manera se agruparán los pequeños productores y cómo se distribuirán los eventuales beneficios económicos.
Uno de los consensos alcanzados durante las reuniones fue que la sostenibilidad solo será viable si también resulta rentable para quienes producen. Si los costos de implementar, medir y certificar recaen exclusivamente sobre los agricultores, la adopción de estas tecnologías difícilmente pueda expandirse.
La experiencia internacional marca el camino
La delegación reunió especialistas provenientes de los principales países arroceros del Cono Sur.
Desde Uruguay, representantes de la Asociación de Cultivadores de Arroz compartieron la experiencia de certificación bajo los estándares de la Sustainable Rice Platform (SRP), desarrollada sobre unas 10.000 hectáreas. Si bien la certificación aún no genera un precio diferencial para el arroz, permitió fortalecer la trazabilidad, mejorar los registros productivos y responder a las crecientes exigencias de los mercados internacionales.
El desafío del sector es combinar productividad, menor impacto ambiental y nuevas oportunidades comerciales para fortalecer la rentabilidad de los productores.
Brasil aportó avances en investigación sobre emisiones de gases de efecto invernadero, manejo del agua y fertilidad de los suelos desarrollados por instituciones como Embrapa y Epagri, mientras que especialistas argentinos destacaron la importancia de validar las nuevas tecnologías directamente en establecimientos comerciales antes de promover su adopción masiva.
La propuesta consiste en desarrollar parcelas demostrativas donde productores, investigadores y técnicos puedan evaluar conjuntamente los resultados bajo condiciones reales de producción, reduciendo la incertidumbre antes de realizar inversiones de mayor escala.
Chile busca posicionarse en la nueva agricultura sostenible
Las regiones de Maule y Ñuble concentran buena parte de la producción arrocera chilena y fueron elegidas como escenario para avanzar en una estrategia que combine innovación tecnológica, sostenibilidad y competitividad.
Durante las reuniones con las autoridades regionales también surgió otro desafío: lograr que el consumidor valore un arroz producido con menor impacto ambiental. Los participantes coincidieron en que la diferenciación comercial dependerá no solo de las mejoras en el campo, sino también de sistemas de trazabilidad, certificación y comunicación que permitan reconocer esos atributos en el mercado.
En ese contexto, los gobiernos regionales manifestaron su interés en fortalecer el trabajo conjunto con organismos públicos, centros de investigación y entidades vinculadas a la innovación y la promoción de exportaciones para acelerar la adopción de estas tecnologías.
El proyecto forma parte de una iniciativa regional que también involucra a Argentina, Brasil, Ecuador y Uruguay, con el objetivo de construir metodologías comunes para medir emisiones y facilitar el acceso de los productores a los futuros mercados de carbono.
Más allá del desafío ambiental, el consenso alcanzado por investigadores y autoridades fue claro: el futuro del arroz dependerá de sistemas capaces de producir con menos agua, reducir emisiones y generar mayor valor para quienes están al frente de los cultivos.

