Agricultura

El campo colombiano logró producir más y abrir mercados cuidando sus bosques

Más de 10.000 unidades agrícolas participaron de un modelo que elevó ingresos, productividad y preparó al agro colombiano para nuevos mercados.

Ana Sofía Pineda
Redactora especializada en agricultura en América Latina. Cubre actualidad agropecuaria, política rural, innovación y comercio agroalimentario, con foco en el impacto regional de las decisiones productivas y regulatorias.

Más de 10.000 unidades productivas de Colombia mejoraron sus sistemas agrícolas durante los últimos cinco años mediante el proyecto INCAS Global+, una iniciativa que aumentó productividad, ingresos rurales y preparó cadenas como café, cacao, banano, palma y caucho para responder a las nuevas exigencias ambientales del comercio mundial.

La iniciativa, impulsada por la cooperación internacional junto con entidades colombianas, dejó resultados concretos en diferentes regiones productivas del país. Según los datos presentados durante el cierre del programa en Bogotá, los productores participantes alcanzaron un incremento promedio superior al 200% en sus ingresos y una mejora del 35% en productividad.

Detrás de esas cifras hay cambios profundos en la forma de producir alimentos y materias primas. En zonas rurales como Caquetá, agricultores dedicados al cacao comenzaron a combinar producción comercial con conservación de árboles nativos, protección de biodiversidad y sistemas agroforestales.

El modelo permitió que comunidades campesinas pasaran de vender materias primas tradicionales a desarrollar productos diferenciados, con mayor valor agregado y posibilidades de llegar a consumidores que buscan alimentos producidos bajo criterios ambientales.

Del cacao al café: producir sin perder biodiversidad

Uno de los ejes principales fue demostrar que la actividad agrícola puede avanzar junto con la protección de los ecosistemas. En total, el programa acompañó el establecimiento de más de 36.000 hectáreas bajo producción sostenible y cerca de 31.000 hectáreas de bosques protegidos.

En cadenas como cacao, café y banano se desarrollaron corredores biológicos para conservar especies nativas y proteger hábitats estratégicos. Estas prácticas buscan responder a una demanda internacional donde los compradores exigen cada vez más información sobre el origen de los productos.

Uno de los hitos más importantes ocurrió en la cadena de caucho natural, donde un resguardo indígena colombiano obtuvo una certificación de la Forest Stewardship Council (FSC), convirtiéndose en el primero del mundo en alcanzar este reconocimiento para este tipo de producción.

El avance permitió combinar conocimientos ancestrales con nuevas prácticas agrícolas, aumentando la productividad sin abandonar la conservación del territorio y la identidad cultural de las comunidades.

La transformación también llegó al sector bananero mediante tecnologías para mejorar el uso del agua, reducir emisiones y fortalecer la adaptación climática. La gestión eficiente de recursos naturales se convirtió en una herramienta productiva y no solamente ambiental.

Nuevas reglas globales cambian la forma de producir alimentos

El impulso de estos cambios está relacionado con las nuevas exigencias comerciales internacionales, especialmente las regulaciones de la Unión Europea vinculadas a productos libres de deforestación y trazabilidad de las cadenas de suministro.

Para países exportadores como Colombia, demostrar dónde y cómo se produce será cada vez más importante para mantener presencia en mercados de alto valor. Esto requiere información precisa, monitoreo ambiental y sistemas que permitan seguir el recorrido del producto desde el campo hasta el consumidor.

En cacao, por ejemplo, se avanzó con herramientas de trazabilidad y espacios de articulación entre productores, empresas e instituciones. En palma de aceite se incorporaron sistemas de monitoreo satelital que hoy permiten observar millones de hectáreas y verificar criterios asociados a producción responsable.

Además de los aspectos ambientales, el proyecto incorporó nuevas formas de trabajo dentro de las cadenas agrícolas. La implementación de bioinsumos permitió reducir la dependencia de fertilizantes químicos, disminuir costos y mejorar la autonomía de los productores.

También se impulsó la participación de mujeres y jóvenes rurales. De las 13.000 personas beneficiadas con mejores condiciones laborales, casi la mitad fueron mujeres y más de un tercio jóvenes, fortaleciendo nuevos liderazgos dentro del sector agropecuario.

Los resultados muestran que la sostenibilidad empieza a convertirse en una herramienta económica para el campo colombiano. Ya no se trata solamente de proteger recursos naturales, sino de acceder a compradores internacionales, diferenciar productos y mejorar la rentabilidad de quienes producen.

El próximo desafío será extender estas experiencias a más regiones y lograr que pequeños agricultores puedan cumplir las nuevas reglas comerciales sin quedar fuera de los mercados. Para Colombia, la combinación de tecnología, conservación y producción podría convertirse en una ventaja competitiva para su agroexportación.

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