Bolivia perdió el control de dos cultivos clave y depende cada vez más del exterior
El país solo logra cubrir una pequeña parte de la demanda de trigo y maíz. La caída de la producción obliga a importar millones de toneladas y pone en alerta a toda la cadena agroalimentaria.
Bolivia enfrenta uno de los mayores desafíos para su seguridad alimentaria de los últimos años. La producción nacional de trigo y maíz ya no alcanza para abastecer el consumo interno y obliga al país a depender cada vez más de las importaciones, principalmente desde Argentina. Mientras el trigo cubre apenas entre el 10% y el 12% de la demanda nacional, el maíz solo abastece alrededor del 37,5%, un escenario que afecta desde la industria harinera hasta la producción de carne, leche, huevos y alimentos balanceados.
Las cifras fueron presentadas por la Asociación de Productores de Oleaginosas y Trigo (Anapo), cuyo gerente general, Jaime Hernández, advirtió que Bolivia ha perdido capacidad para autoabastecerse en dos de los granos estratégicos para su economía y que recuperar la producción demandará varios años de políticas sostenidas.
Según los datos difundidos por la entidad, el país necesita 850.000 toneladas de trigo por año, pero la cosecha apenas alcanzaría entre 85.000 y 102.000 toneladas, lo que deja un déficit cercano a 760.000 toneladas.
En el caso del maíz, la situación tampoco resulta alentadora. Frente a una demanda anual estimada en 1,2 millones de toneladas, la producción ronda las 450.000 toneladas, generando una brecha de aproximadamente 750.000 toneladas.
El resultado es una creciente dependencia del mercado externo para garantizar el abastecimiento de alimentos básicos y de insumos para la producción pecuaria.
La superficie sembrada cayó a mínimos históricos y preocupa al sector
El retroceso del trigo refleja la magnitud del problema. Durante la campaña de invierno de 2026, la superficie implantada descendió a 57.210 hectáreas, el nivel más bajo registrado en cerca de tres décadas en el departamento de Santa Cruz, responsable de casi el 70% de la producción nacional.
La comparación con años anteriores muestra el deterioro. En 2015 Bolivia sembraba alrededor de 150.000 hectáreas de trigo, casi tres veces más que en la actualidad.
Desde Anapo atribuyen esta caída a una combinación de factores que incluye sequías recurrentes, mayores costos de producción, dificultades para acceder al diésel agrícola, incertidumbre económica y una rentabilidad cada vez más ajustada.
Como consecuencia, Bolivia terminó importando durante 2025 trigo y harina por 79,3 millones de dólares, de los cuales el 92% provino de Argentina, consolidando una fuerte dependencia de un único proveedor.
El panorama del maíz también cambió de manera significativa. Hasta hace poco más de una década el país lograba abastecer completamente el mercado interno e incluso exportaba excedentes. Hoy esa situación quedó atrás.
Las restricciones aplicadas durante años sobre las exportaciones, sumadas a los problemas climáticos, el incremento de los costos, la escasez de combustible y la presión de plagas redujeron los incentivos para invertir y ampliar la superficie sembrada.
Además, parte del maíz que hoy abastece el mercado boliviano ingresa informalmente desde Argentina, donde la utilización de semillas biotecnológicas permitió mejorar la productividad respecto de los materiales disponibles históricamente para los agricultores bolivianos.
El Gobierno y los productores preparan un plan para recuperar la producción
El Gobierno y las organizaciones de productores comenzaron a trabajar en un Plan Nacional Triguero, cuyo objetivo es reconstruir la capacidad productiva del país y reducir progresivamente la dependencia de las importaciones.
La propuesta contempla créditos adaptados a los ciclos agrícolas, seguros frente a pérdidas climáticas, disponibilidad garantizada de diésel, precios de referencia para brindar previsibilidad, mayor inversión en investigación y la incorporación de nuevas tecnologías y variedades más resistentes.
Entre las novedades presentadas este año figura la variedad de trigo Génesis, desarrollada para elevar el potencial de rendimiento, y el avance hacia la incorporación de la tecnología HB4, tolerante a la sequía. No obstante, especialistas del sector estiman que su adopción masiva podría demandar entre cuatro y cinco años debido a los procesos de investigación, validación y multiplicación de semillas.
La autorización otorgada este año para utilizar la tecnología HB4 en soja marcó un cambio en la política agrícola boliviana y abre la puerta a futuras aplicaciones en otros cultivos estratégicos.
Sin embargo, para Anapo la recuperación no dependerá únicamente de nuevas semillas. La disponibilidad de combustible, el acceso al financiamiento, reglas claras para la comercialización y políticas estables serán determinantes para que los productores vuelvan a apostar por el trigo y el maíz.
Mientras esos cambios no lleguen, Bolivia seguirá dependiendo del mercado internacional para garantizar el abastecimiento de dos granos esenciales para su seguridad alimentaria, con un impacto directo sobre el costo de los alimentos, la producción ganadera y el equilibrio de su balanza comercial.

