Bolivia acelera la soja transgénica y crece la alarma por agroquímicos
La aprobación de la soja HB4 impulsa el modelo exportador boliviano, pero reabre el debate sobre plaguicidas, salud y presión ambiental.
Bolivia oficializó la incorporación de una nueva variedad de soja transgénica HB4, una decisión que fortalece el modelo agroexportador del país pero que también intensificó las advertencias sobre el crecimiento del uso de agroquímicos y sus efectos ambientales y sanitarios. La medida fue anunciada en marzo durante Exposoya 2026 y toma relevancia porque profundiza un esquema productivo cada vez más dependiente de semillas modificadas y herbicidas de alta toxicidad.
La nueva semilla fue promovida principalmente por grandes productores agrícolas del oriente boliviano, que argumentan la necesidad de mejorar la competitividad frente a Brasil, Paraguay y Argentina, además de contar con materiales más resistentes a sequías.
Sin embargo, organizaciones ambientales y especialistas sostienen que la aprobación de la soja HB4 consolida un sistema agrícola basado en monocultivos extensivos, expansión de frontera agrícola y uso creciente de insumos químicos.
La importación de plaguicidas se multiplicó en dos décadas
Según datos de la FAO, Bolivia quintuplicó la importación de plaguicidas entre 2005 y 2022, un crecimiento que acompaña la expansión de la soja transgénica en el país.
La preocupación ahora se centra en el uso del glufosinato de amonio, herbicida asociado al nuevo paquete tecnológico de la soja HB4 y prohibido en la Unión Europea por posibles efectos tóxicos sobre la reproducción.
El avance de cultivos transgénicos en Bolivia reavivó el debate sobre el aumento del uso de agroquímicos y el impacto ambiental del modelo agrícola extensivo.
Especialistas explican que el problema no se limita únicamente a la semilla modificada, sino al sistema de producción que la acompaña. El uso intensivo de herbicidas durante años favoreció la aparición de malezas resistentes, obligando al sector a incorporar productos más agresivos para mantener el control químico de los cultivos.
En paralelo, investigaciones locales comenzaron a detectar residuos de plaguicidas en alimentos y presencia de glifosato en personas expuestas a zonas agrícolas intensivas.
Un estudio realizado en Cochabamba reveló que 43% de los alimentos analizados contenían restos de agroquímicos, mientras otra investigación universitaria aseguró haber detectado glifosato en el organismo de todas las personas evaluadas en una muestra realizada en Santa Cruz.
El avance de la soja transgénica también volvió a poner bajo discusión la estructura productiva del agro boliviano.
Aunque la soja se consolidó como uno de los principales productos de exportación del país, especialistas remarcan que Bolivia sigue mostrando rindes inferiores a los de sus vecinos sudamericanos.
Parte del problema, señalan, está vinculado al avance sobre suelos poco aptos para agricultura intensiva, degradación acelerada de tierras y expansión permanente de la frontera agrícola mediante desmontes.
El sector agroindustrial sostiene que el acceso a nuevas tecnologías resulta indispensable para mantener competitividad internacional y enfrentar fenómenos climáticos extremos.
Del otro lado, organizaciones campesinas y ambientales proponen fortalecer sistemas agrícolas diversificados, reducir la dependencia de monocultivos y potenciar modelos de producción adaptados a las distintas regiones ecológicas del país.
El debate sobre la soja HB4 deja así expuesta una discusión mucho más profunda: cómo aumentar producción y exportaciones sin elevar al mismo tiempo los riesgos ambientales, sanitarios y económicos derivados de una agricultura cada vez más dependiente de insumos externos.

