Bioinsumos

Biofertilizantes en Brasil: crece el interés, pero el precio todavía pone un límite

El aprovechamiento de lodos como fertilizante despierta interés, aunque la baja escala, la logística y los precios todavía condicionan su expansión agrícola.

Ana Sofía Pineda
Redactora especializada en agricultura en América Latina. Cubre actualidad agropecuaria, política rural, innovación y comercio agroalimentario, con foco en el impacto regional de las decisiones productivas y regulatorias.

Brasil registra un creciente interés por transformar lodos y residuos orgánicos en fertilizantes para uso agrícola, pero durante 2026 el desarrollo comercial de esta alternativa todavía enfrenta barreras que dificultan su expansión entre los productores. Empresas vinculadas al tratamiento de residuos identifican el elevado costo del producto final, la baja escala de fabricación, una demanda todavía limitada y los gastos logísticos como los principales obstáculos. El desafío adquiere relevancia para el agro brasileño porque estos insumos ofrecen una vía para aprovechar residuos, aportar materia orgánica a los suelos y reducir el impacto ambiental asociado al manejo de esos materiales.

La propia conversión de residuos permite dimensionar uno de los problemas. Lívia Baldo, especialista en gestión de residuos y directora de Tera Ambiental, explicó que para elaborar el fertilizante orgánico de la compañía se procesa una tonelada de residuos orgánicos para obtener, en promedio, unos 400 kilos de producto final. La empresa alcanza una producción anual de 36.000 toneladas de fertilizante orgánico compuesto Clase B, material tamizado que contiene un 70% de sólidos. Esa relación entre materia procesada y producto terminado muestra por qué alcanzar volúmenes competitivos requiere instalaciones, procesamiento y abastecimiento constante de residuos.

El precio y la distancia condicionan la competitividad frente a los fertilizantes

El costo es uno de los puntos que más pesan en la decisión del productor. Eduardo Rotta Lovato, director de operaciones de Quattro T, reconoce que actualmente el biofertilizante elaborado a partir de lodos no logra competir por precio con los fertilizantes convencionales. Por esa razón, la demanda se concentra principalmente entre usuarios interesados en mejorar las características del suelo y disminuir el impacto ambiental de sus sistemas productivos, dos atributos que pueden justificar la elección del insumo aun cuando su valor resulte superior al de otras alternativas disponibles.

La escala agrega otra dificultad. Según Lovato, resulta poco probable alcanzar una dimensión industrial suficiente mediante una única planta, una característica que obliga a pensar en operaciones distribuidas territorialmente. A esto se suma el transporte: la producción continúa siendo regional y mover el fertilizante durante largas distancias encarece su llegada al establecimiento agropecuario. Esa combinación limita el radio comercial de las plantas y plantea una ecuación especialmente sensible para un país de las dimensiones de Brasil, donde los grandes polos agrícolas pueden encontrarse a cientos o miles de kilómetros de los centros donde se generan y procesan los residuos.

La transformación tampoco consiste en trasladar directamente el lodo desde una planta de tratamiento hasta un cultivo. Antes de adquirir condiciones adecuadas para su utilización agrícola, el material atraviesa procesos de estabilización e higienización destinados a eliminar agentes patógenos, entre ellos tratamientos térmicos, compostaje termofílico o estabilización con óxido de calcio. Una vez completadas estas etapas pasa a denominarse biosólido y puede ser formulado posteriormente como fertilizante orgánico, organomineral o biofertilizante, incorporándose a un circuito productivo que busca recuperar nutrientes y materia orgánica contenidos originalmente en los residuos.

Regulación y escala, las piezas pendientes para ampliar el mercado

El marco normativo aparece como otro factor a resolver. Según la información del sector, el Ministerio de Agricultura de Brasil no cuenta con una clasificación específica para los biofertilizantes elaborados a partir de lodos, por lo que actualmente quedan comprendidos de manera genérica dentro de los fertilizantes orgánicos. Para una actividad que busca aumentar su presencia comercial, una definición regulatoria más precisa puede resultar relevante para ordenar características, procesos y condiciones de utilización de productos que tienen un origen diferente al de los fertilizantes tradicionales.

Brasil sí dispone de normas ambientales para la producción y utilización de biosólidos. Una resolución del Consejo Nacional de Medio Ambiente (Conama), aprobada en 2020, establece criterios y procedimientos para producir estos materiales y clasificarlos de acuerdo con parámetros vinculados a la presencia de Escherichia coli. La normativa también contempla límites y criterios relacionados con elementos químicos potencialmente tóxicos que pueden encontrarse en los lodos, controles fundamentales para que la recuperación de residuos pueda transformarse en un insumo agrícola bajo condiciones de seguridad.

Algunas ciudades ya muestran que el modelo puede operar a una escala relevante. En Río de Janeiro, la totalidad del lodo generado en las estaciones de tratamiento de efluentes es destinada a una operación de compostaje termofílico que lo transforma en compuesto orgánico utilizado en agricultura, jardinería y reforestación. Cuiabá cuenta con una experiencia similar desde 2022. La evolución de estos proyectos será una referencia para determinar si Brasil consigue reducir costos y distancias de distribución, dos variables que hoy separan el creciente interés por estos biofertilizantes de una adopción más amplia en el campo.

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