Cuba sin arroz: importar caro o producir local, el dilema que no se resuelve
La falta de arroz expone una contradicción estructural en Cuba: mientras importar cuesta más y falla, la producción local sigue asfixiada por controles y falta de recursos.
El arroz volvió a convertirse en un símbolo de la crisis alimentaria en Cuba. A más de un mes de los anuncios oficiales, miles de familias -especialmente en provincias como Camagüey- siguen esperando las cuatro libras prometidas para diciembre como parte de la canasta racionada. El compromiso incluía también otros productos subsidiados, pero la mayoría nunca llegó a destino. Desde entonces, el silencio oficial domina la escena, incluso cuando ya debería haberse iniciado la distribución correspondiente a enero.
En el esquema vigente, cada cubano debería recibir siete libras mensuales de arroz, a un precio muy inferior al del mercado informal. Más allá de otros productos incluidos en la libreta, el arroz es el que genera mayor expectativa por su peso cultural y nutricional. Cuba figura entre los países con mayor consumo per cápita del mundo, cercano a los 50 kilos por persona al año, una combinación de tradición culinaria y dificultades para acceder a dietas más variadas.
Durante 2025, la escasez de divisas impidió sostener tanto las importaciones como la provisión de insumos básicos para la producción local. El resultado fue una distribución incompleta, con meses de atraso y una deuda acumulada que supera las 150.000 toneladas, equivalentes a unos 60 millones de dólares. En paralelo, desde ámbitos oficiales comenzó a instalarse la idea de que el sistema de subsidios es insostenible y debería restringirse solo a los sectores más vulnerables.
El mensaje no fue casual. En la televisión estatal se llegó a sugerir que el problema era el "exceso" de consumo de arroz por parte de la población, una afirmación que generó un rechazo casi unánime. Aunque la emisión de las libretas de racionamiento 2026 confirmó la continuidad del sistema al menos por este año, la percepción social es clara: el esquema está cada vez más tensionado.
Desde el punto de vista productivo, los agricultores rechazan la idea de que el arroz sea un cultivo inviable para la Isla. En zonas históricamente arroceras de Granma, Camagüey y Sancti Spíritus, los productores sostienen que el verdadero obstáculo no es el clima ni el suelo, sino la falta de incentivos y el exceso de control estatal. Mientras la fiscalización se intensifica al momento de la cosecha, los insumos -semillas, combustible, fertilizantes- llegan tarde o directamente no llegan.
La reciente Resolución 186 del Ministerio de Agricultura profundizó ese esquema al imponer nuevos registros obligatorios para acceder a pagos en divisas o financiamiento. Al mismo tiempo, se advierte que quienes no se inscriban quedarán fuera de los acuerdos productivos con actores privados, un modelo que desde 2022 demostró resultados concretos: rendimientos hasta tres veces superiores por hectárea, gracias al aporte privado de insumos clave.
No siempre fue así. Durante la década pasada, el Programa Integral de Desarrollo Arrocero, con apoyo técnico de Vietnam, permitió que la producción creciera a un ritmo anual del 20%, superando las 300.000 toneladas en 2018. El objetivo era cubrir la mayor parte de la demanda nacional con producción local, a un costo sensiblemente menor que el del arroz importado. Sin embargo, la falta de combustible y la decisión de recortar recursos estratégicos terminaron desarmando ese esquema.
La apuesta posterior por reducir insumos y promover métodos manuales o de tracción animal derivó en un colapso productivo: la producción nacional cayó más del 70%, mientras las importaciones -mucho más caras- se volvieron cada vez más difíciles de sostener. Para los productores, la ecuación sigue siendo incomprensible: importar una tonelada cuesta casi el doble que producirla en el país, pero el modelo actual sigue privilegiando el gasto externo antes que la inversión interna.
En un contexto donde ni la importación ni la producción local logran cubrir las necesidades básicas, el debate vuelve una y otra vez al mismo punto. Más allá de discursos y justificaciones, el arroz sigue faltando en la mesa cubana, y la pregunta de fondo permanece abierta: ¿por qué sigue siendo más fácil importar caro que producir mejor en casa?

