América Latina

Mosquitos sin bosque: el efecto sanitario de la Selva Atlántica en retroceso

La reducción del bosque en Brasil, Paraguay y Argentina altera el equilibrio ecológico y empuja a los mosquitos hacia zonas habitadas, con efectos directos sobre la salud pública.

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La presencia cada vez más frecuente de mosquitos en áreas urbanas y periurbanas ya no responde solo a factores estacionales. En amplias zonas del Cono Sur, la deforestación de la Selva Atlántica está modificando las relaciones entre especies y acercando riesgos sanitarios a la población.

Este ecosistema, uno de los más diversos del planeta, se extiende sobre regiones de Brasil, Paraguay y Argentina. Su degradación progresiva afecta funciones ecológicas esenciales, entre ellas la regulación natural de insectos vectores de enfermedades.

Hace décadas, la Selva Atlántica cubría una superficie equivalente a casi seis veces el estado mexicano de Chihuahua. Hoy, su extensión se redujo de forma drástica. El avance del turismo intensivo, la expansión agrícola, la explotación forestal y el crecimiento urbano transformaron un ecosistema continuo en parches aislados.

Este proceso provocó la disminución de fauna silvestre, la pérdida de hábitats y la alteración de las cadenas alimentarias. Como consecuencia, muchos insectos quedaron sin sus fuentes habituales de alimento y comenzaron a modificar su comportamiento.

Mosquitos y adaptación al entorno humano

En este nuevo escenario, los mosquitos encontraron en las áreas pobladas una fuente de alimentación estable. Investigaciones realizadas en la región indican que una proporción creciente de estos insectos se alimenta hoy de sangre humana, lo que incrementa las probabilidades de transmisión de enfermedades.

El mosquito actúa como vector de dengue, zika y chikungunya, infecciones con impacto significativo en la salud pública. Fiebres prolongadas, dolores articulares persistentes y complicaciones neurológicas forman parte de un cuadro que presiona a los sistemas sanitarios.

Entre 2022 y 2024, América superó los 13 millones de casos, en una tendencia que coincide con mayores superficies deforestadas y temperaturas en alza. El cambio climático, además, amplía las zonas aptas para la reproducción del mosquito, extendiendo el riesgo a territorios antes menos expuestos.

La combinación de deforestación, pérdida de biodiversidad y aumento de la temperatura redefine el escenario sanitario regional. En este contexto, la prevención no depende únicamente de campañas de control, sino también de decisiones vinculadas al uso del suelo y a la conservación de los ecosistemas.

Proteger la Selva Atlántica no es solo una cuestión ambiental: implica reducir la exposición de millones de personas a enfermedades evitables. Sin políticas sostenidas, los efectos de esta degradación seguirán trasladándose del bosque a las ciudades.

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