Sanidad vegetal

Una práctica habitual en el tomate podría estar favoreciendo la enfermedad

Una investigación detectó que las pulverizaciones convencionales pueden dispersar bacterias por el aire y aumentar el riesgo de nuevas infecciones dentro del cultivo.

Camila Vergara
Periodista especializada en frutas, normativas y comercio agroexportador. Cubre cadenas frutícolas, acceso a mercados y regulaciones con enfoque técnico y estratégico.

Una práctica utilizada diariamente para proteger los cultivos de tomate podría estar favoreciendo la dispersión de una de sus enfermedades más difíciles de controlar. Investigadores detectaron que la pulverización convencional puede transportar bacterias por el aire durante la aplicación de fungicidas, facilitando nuevas infecciones cuando coinciden altas temperaturas, humedad y lluvias.

La mancha bacteriana representa uno de los principales desafíos para la producción de tomate en numerosas regiones agrícolas. Cuando las condiciones climáticas favorecen al patógeno, la enfermedad reduce el rendimiento, deteriora la calidad comercial de los frutos y puede comprometer la rentabilidad de toda la campaña.

Las gotas de la pulverización también pueden transportar bacterias

El estudio, desarrollado por científicos de la Universidad de Florida (UF/IFAS), analizó qué ocurre durante una aplicación convencional de fungicidas realizada con pulverizadores montados sobre tractor.

Para reproducir las condiciones de trabajo habituales, los investigadores inocularon plantas con la bacteria responsable de la enfermedad y utilizaron equipos de monitoreo para medir la presencia del patógeno en el aire durante la pulverización.

Los resultados mostraron que las bacterias fueron detectadas hasta 7,3 metros del foco inicial y a más de cuatro metros de altura, confirmando que las gotas más finas pueden convertirse en vehículos de dispersión dentro del lote.

Una práctica habitual en el tomate podría estar favoreciendo la enfermedad

Los investigadores comprobaron además que el riesgo aumenta cuando existe una mayor cantidad de plantas infectadas, ya que se incrementa la concentración de bacterias capaces de incorporarse a los llamados bioaerosoles.

El desafío ahora es cambiar la forma de aplicar los tratamientos

El hallazgo no significa que los fungicidas dejen de ser necesarios, sino que la tecnología de aplicación puede convertirse en un factor tan importante como el producto utilizado para controlar la enfermedad.

El equipo científico ya trabaja en el desarrollo de boquillas de nueva generación, pulverizadores de bajo volumen, equipos con asistencia de aire y modificaciones en la configuración de las máquinas, con el objetivo de reducir la formación de partículas finas que permanecen suspendidas en el ambiente.

Otra línea de investigación apunta a definir cuáles son las condiciones climáticas más seguras para realizar las aplicaciones, permitiendo disminuir el riesgo de dispersión del patógeno sin afectar la eficacia de los tratamientos.

Para los especialistas, comprender cómo se mueve la bacteria durante las pulverizaciones permitirá diseñar estrategias de manejo más precisas y proteger mejor los cultivos frente a una enfermedad que cada año provoca importantes pérdidas económicas en la horticultura.

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