Agricultura

Maíz criollo resiste en El Salvador y sostiene al 20% de productores

El maíz criollo gana terreno en El Salvador por su resiliencia climática y menor costo, clave para la seguridad alimentaria rural.

Lucia Beltran
Periodista agroalimentaria especializada en América Latina. Analiza mercados, innovación y el impacto de políticas públicas en el sector agroindustrial.

El 3 de mayo de 2026, en Nahuizalco, Sonsonate, representantes de la Mesa por la Soberanía Alimentaria informaron que el 20% de los productores de El Salvador mantiene el cultivo de maíz criollo, destacando su valor frente a la variabilidad climática y la volatilidad de los mercados internacionales, factores clave para la seguridad alimentaria regional.

El sistema agroalimentario salvadoreño refleja tensiones estructurales dentro del Comercio Agrícola América Latina. Según la FAO, la producción de maíz alcanzó 805.000 toneladas en 2025, cercana al promedio quinquenal. Sin embargo, el país importa cerca del 50% del consumo interno, evidenciando debilidades en la balanza comercial agroalimentaria.

Maíz criollo resiste en El Salvador y sostiene al 20% de productores

Este escenario muestra cómo los flujos comerciales internacionales y los precios FOB/CIF impactan directamente en economías rurales, donde el maíz sigue siendo un commodity estratégico para el autoconsumo y los mercados locales.

El maíz criollo se consolida como una herramienta clave dentro de las cadenas de valor agroalimentarias, gracias a su adaptación histórica a condiciones adversas, especialmente en el corredor seco.

"Las semillas criollas permiten enfrentar sequías y excesos de lluvia sin depender de insumos externos", explicó Adalberto Blanco. Esta característica reduce la exposición a barreras no arancelarias agro, como certificaciones o dependencia tecnológica, y mejora la resiliencia productiva.

Maíz criollo resiste en El Salvador y sostiene al 20% de productores

Además, su uso contribuye a la diversificación de riesgos frente a la volatilidad de mercados globales, donde los granos básicos suelen estar sujetos a subsidios agrícolas en economías desarrolladas.

Datos del Banco Central de Reserva indican que la producción alcanzó 10,87 millones de quintales, con liderazgo de Ahuachapán (12,4%). Sin embargo, el modelo productivo sigue centrado en el mercado interno:

  • 49,5% se destina al autoconsumo
  • 47,8% se comercializa localmente

Esta estructura limita la inserción en mercados agrícolas regionales e internacionales, debido a factores como déficit en logística de exportación, infraestructura vial y trazabilidad.

La baja proporción destinada a semilla comercial (0,2%) también evidencia una limitada tecnificación e innovación agroexportadora.

Maíz criollo resiste en El Salvador y sostiene al 20% de productores

El Festival Raíces Semillas refuerza estrategias de integración local y sustentabilidad en agronegocios, promoviendo el intercambio de variedades nativas.

Estas iniciativas se alinean con tendencias impulsadas por organismos como el IICA y el BID, que destacan la importancia de:

  • Trazabilidad y conservación genética
  • Agricultura resiliente al clima
  • Reducción de huella hídrica y de carbono

El fortalecimiento de semillas criollas también reduce costos y dependencia de insumos importados, mejorando el acceso al financiamiento rural y la estabilidad productiva.

El caso salvadoreño refleja una tendencia regional: la necesidad de equilibrar competitividad internacional con sostenibilidad local.

Entre los principales desafíos se destacan:

  • Impacto del cambio climático (canículas prolongadas)
  • Dependencia de importaciones
  • Limitaciones en acuerdos comerciales agrícolas
  • Falta de infraestructura para exportaciones

Sin embargo, también emergen oportunidades en la revalorización de sistemas tradicionales, que pueden integrarse a estrategias de agricultura digital y biotecnología adaptativa.

El crecimiento del maíz criollo en El Salvador demuestra que la soberanía alimentaria y la resiliencia climática pueden convertirse en ventajas estratégicas dentro del comercio agrícola global.

Para América Latina, el desafío será articular políticas públicas, inversión y cooperación regional que permitan escalar estas prácticas, integrándolas a cadenas de valor más competitivas sin perder sustentabilidad.

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