Pesticidas y agua: una alerta ambiental que interpela al agro latinoamericano
Un estudio científico advierte que los pesticidas dañan pequeños cuerpos de agua y generan efectos en cadena que podrían replicarse en regiones agrícolas de América Latina.
El impacto de los pesticidas agrícolas sobre el ambiente vuelve a quedar bajo la lupa tras la publicación de un estudio en la revista Hydrobiologia, que advierte sobre daños severos y poco visibles en pequeños cuerpos de agua, con consecuencias directas sobre la biodiversidad y el equilibrio de los ecosistemas rurales. Si bien la investigación se desarrolló en Europa, sus conclusiones resuenan con fuerza en América Latina, una de las regiones con mayor expansión agrícola y uso intensivo de agroquímicos en las últimas décadas.
La investigación se enfocó en los llamados small water bodies (SWBs): lagunas, estanques, zanjas, canales y otros cuerpos de agua menores a 50 hectáreas. Estos ambientes, frecuentes en paisajes productivos, cumplen funciones clave como refugio de biodiversidad, regulación hídrica, conectividad ecológica y almacenamiento de carbono. Sin embargo, suelen quedar fuera de los sistemas de monitoreo ambiental, tanto en Europa como en América Latina, lo que los vuelve especialmente vulnerables.
El estudio analizó 84 pequeños cuerpos de agua en regiones agrícolas de Alemania y desarrolló un nuevo indicador, denominado INPOND, que permite medir los impactos indirectos de los pesticidas sobre la biodiversidad. El hallazgo central es que, aun cuando la toxicidad directa sobre invertebrados acuáticos resulta baja en muchos casos, el daño a la vegetación acuática genera efectos en cadena que alteran la estructura y el funcionamiento de todo el ecosistema.
Las plantas acuáticas cumplen un rol esencial: aportan oxígeno, refugio y alimento. Cuando son afectadas por herbicidas, fungicidas o insecticidas presentes en el agua -ya sea por escorrentía, deriva o filtración-, se reduce la disponibilidad de hábitat y se modifica la composición de especies. En el estudio, más del 40 % de los sitios evaluados fueron clasificados en estado "malo" o "deficiente" desde el punto de vista ecológico.
Entre las sustancias detectadas se identificaron insecticidas neurotóxicos, herbicidas de uso extendido y fungicidas sistémicos, asociados a la reducción de la vegetación acuática y a cambios inesperados en las comunidades de invertebrados. En varios casos, se observó un predominio de especies más resistentes y de ciclos largos, lo que indica una alteración profunda del equilibrio natural de estos ambientes.
Aunque el trabajo se realizó en Europa, los investigadores advierten que el fenómeno es extrapolable a otras regiones agrícolas, especialmente aquellas donde el uso de pesticidas creció de forma sostenida. En América Latina, la expansión de cultivos como soja, maíz, algodón, arroz y caña de azúcar convive con una alta densidad de lagunas rurales, esteros, bañados y canales de riego, muchos de ellos sin protección ambiental específica.
En países del Cono Sur, Brasil, México, Colombia y América Central, estos pequeños cuerpos de agua suelen recibir cargas crónicas de agroquímicos, sin que se evalúen de manera sistemática los efectos acumulativos e indirectos sobre la biodiversidad. El riesgo no es solo ambiental: la pérdida de biodiversidad acuática puede afectar procesos productivos clave, como el control biológico natural, la calidad del agua y la estabilidad de los sistemas agrícolas.
El estudio se inscribe además en un debate más amplio sobre el modelo de manejo basado en insumos químicos. La evidencia internacional muestra que el aumento sostenido del uso de pesticidas puede derivar en resistencia de plagas, pérdida de enemigos naturales y la necesidad de aplicar dosis crecientes, con costos económicos y ambientales cada vez mayores. Casos documentados en distintas regiones del mundo indican que más aplicaciones no siempre se traducen en mejores rendimientos, y que la degradación de los ecosistemas termina impactando en la rentabilidad y la sostenibilidad de la producción.
Los autores subrayan que las evaluaciones regulatorias actuales suelen centrarse en la toxicidad directa de los productos, pero no capturan adecuadamente los efectos indirectos sobre hábitats y comunidades biológicas. En este sentido, plantean la necesidad de incorporar indicadores ecológicos más amplios, especialmente en ambientes pequeños y altamente vulnerables, que hoy quedan fuera del radar.
Para América Latina, el mensaje es claro: avanzar en monitoreo ambiental, proteger franjas vegetadas, mejorar el manejo integrado de plagas y reducir la presión química sobre los ecosistemas acuáticos puede ser clave no solo para conservar la biodiversidad, sino también para sostener la productividad agrícola en el largo plazo.
En un contexto de creciente demanda global de alimentos, el desafío no pasa únicamente por producir más, sino por evitar que los sistemas productivos erosionen los recursos naturales de los que dependen. Los pequeños cuerpos de agua, muchas veces invisibles en el paisaje agrícola latinoamericano, podrían ser una de las primeras señales de alerta.

