Advierten riesgo de súper El Niño y crece la alerta en el agro para 2026
Modelos climáticos elevan la probabilidad de El Niño hacia fines de 2026 y no descartan un súper evento. El agro, la energía y el clima global podrían verse afectados.
Los modelos climáticos internacionales comenzaron a mostrar un aumento en la probabilidad de que se forme un fenómeno de El Niño durante el segundo semestre de 2026, con algunos escenarios que incluso contemplan la posibilidad de un súper El Niño, un evento de gran intensidad que podría generar impactos severos sobre el clima, la agricultura y el sistema energético en distintos países.
Los informes más recientes del Centro de Predicción Climática de Estados Unidos y de agencias meteorológicas regionales indican que existe cerca de 50% de probabilidad de condiciones El Niño entre julio y septiembre, mientras que hacia finales del año el riesgo supera el 80%. Dentro de esas proyecciones aparece un escenario menos probable, pero relevante, que considera la posibilidad de un evento extremadamente fuerte.
Un súper El Niño se define cuando la temperatura del océano Pacífico ecuatorial supera en más de 2°C los valores normales durante varios meses consecutivos. Este tipo de evento ocurrió en episodios históricos como 1997-1998 y 2015-2016, años en los que se registraron anomalías climáticas en gran parte del planeta, con sequías, inundaciones y récords de temperatura.
Mapa del océano Pacífico que muestra el desplazamiento de aguas cálidas durante el fenómeno El Niño, responsable de cambios en lluvias, temperaturas y producción agrícola en distintas regiones del mundo.
Especialistas advierten que, si se confirmara un calentamiento de esa magnitud, el impacto no se limitaría a una región. Las alteraciones en la circulación atmosférica pueden modificar los patrones de lluvia en América del Sur, afectar cosechas en distintas latitudes y aumentar la volatilidad en los mercados agrícolas.
En varios países de la región, el desarrollo de El Niño suele asociarse a déficit hídrico en zonas productivas, olas de calor más frecuentes y mayor riesgo de incendios, mientras que otras áreas pueden registrar lluvias por encima de lo normal. Estos cambios obligan al sector agropecuario a ajustar decisiones sobre siembra, manejo de agua y elección de cultivos.
El riesgo también alcanza al sistema energético. En economías con fuerte dependencia de la generación hidroeléctrica, una reducción en los niveles de embalses puede provocar restricciones en la oferta eléctrica o aumento en los costos, lo que termina trasladándose al sector productivo.
Algunos científicos señalan que, si el fenómeno se consolida entre 2026 y 2027, las temperaturas globales podrían alcanzar nuevos récords, ya que el océano Pacífico libera grandes cantidades de calor hacia la atmósfera durante estos episodios. Esto no solo afecta al clima, sino también a la disponibilidad de agua, la productividad agrícola y la estabilidad de los mercados de alimentos.
De todos modos, los especialistas aclaran que todavía existe incertidumbre. Los pronósticos realizados antes de abril o mayo suelen tener menor precisión, porque el comportamiento de los vientos en el Pacífico durante la primavera boreal resulta determinante para que el fenómeno se desarrolle o se debilite.
Aun con ese margen de duda, el aumento en las probabilidades llevó a organismos meteorológicos y a analistas del mercado agrícola a seguir de cerca la evolución del océano. Los eventos intensos de El Niño suelen provocar cambios en la producción de granos, aceites vegetales, carne y azúcar, lo que impacta en los precios internacionales y en las decisiones de siembra en distintos países.
Si la tendencia actual se mantiene, el sector agropecuario podría enfrentar un escenario climático más inestable durante los próximos ciclos, por lo que productores, gobiernos y empresas comienzan a evaluar medidas de prevención para reducir riesgos y proteger la producción.

