Fertilizantes

¿Todo el nitrógeno de una vez? El maíz uruguayo empieza a cambiar la receta

Con el área rumbo a niveles récord, la investigación apunta a dividir las aplicaciones y ajustar las dosis cuando el cultivo ya muestra su verdadero potencial.

Ana Sofía Pineda
Redactora especializada en agricultura en América Latina. Cubre actualidad agropecuaria, política rural, innovación y comercio agroalimentario, con foco en el impacto regional de las decisiones productivas y regulatorias.

Uruguay se encamina a una fuerte expansión del maíz en la campaña 2026/27 y el manejo del nitrógeno aparece como una de las decisiones capaces de definir eficiencia, costos y rendimiento. Las primeras proyecciones privadas ubican el área alrededor de 300.000 hectáreas e incluso contemplan unas 320.000, lo que marcaría un máximo para el cultivo. Frente a esa expansión, la investigación agronómica pone el foco en evitar grandes aplicaciones de nitrógeno al comienzo del ciclo y avanzar hacia esquemas fraccionados, especialmente cuando existe riesgo de lluvias abundantes.

El problema tiene que ver con la propia dinámica del nutriente. Una parte importante del nitrógeno aplicado puede transformarse en nitrato, una forma muy móvil en el suelo. Cuando coinciden dosis elevadas, agua en exceso y un cultivo que todavía tiene una demanda relativamente baja, aumenta la posibilidad de que parte de ese nitrógeno se desplace por debajo de la zona explorada por las raíces. Para el productor significa perder eficiencia sobre uno de los insumos que más condicionan el resultado productivo del cereal.

La alternativa no consiste simplemente en reducir la fertilización. La estrategia es sincronizar mejor la disponibilidad del nutriente con el momento en que el maíz realmente lo necesita. Dividir la dosis permite colocar una parte al inicio y reservar otra para etapas posteriores, cuando ya existe más información sobre el desarrollo del cultivo, la disponibilidad de agua y el potencial que puede alcanzar el lote.

Esperar también puede ser una decisión agronómica

Ese cambio de lógica cobra especial importancia en los sistemas de secano predominantes en Uruguay. La disponibilidad hídrica puede modificar considerablemente la respuesta al fertilizante y hace difícil determinar al comienzo de la campaña cuánto nitrógeno terminará necesitando el cultivo. Investigaciones del INIA señalan precisamente a la variabilidad climática y, particularmente, al agua disponible como una de las principales fuentes de incertidumbre para definir dosis y momento de aplicación.

Por eso, postergar una parte de la decisión ofrece una ventaja: permite observar cómo evolucionó el maíz antes de comprometer toda la inversión. Un cultivo con buena implantación, disponibilidad de agua y elevada generación de biomasa puede justificar una dosis diferente de otro que perdió potencial durante las primeras etapas. El objetivo pasa de aplicar una cantidad predeterminada a ajustar el nitrógeno al rendimiento que realmente puede construir cada cultivo.

La investigación uruguaya avanzó incluso hacia modelos capaces de realizar ese diagnóstico alrededor de V11-V12, una etapa suficientemente avanzada para estimar el crecimiento futuro. Para realizar el cálculo se consideran variables como fecha de siembra, población, nitratos disponibles inicialmente en el suelo, nitrógeno ya aplicado, biomasa acumulada y concentración del nutriente en las plantas. Con esos datos puede estimarse la demanda posterior y orientar una nueva aplicación.

El planteo resulta particularmente interesante desde el punto de vista económico. Aplicar más nitrógeno no garantiza por sí mismo un mayor rendimiento: el resultado depende de que el cultivo tenga condiciones para aprovecharlo. Una dosis que supera la demanda efectiva puede incrementar el costo por hectárea sin generar una respuesta equivalente en grano, mientras que una nutrición insuficiente puede dejar rendimiento sin capturar.

Más de 300.000 hectáreas ponen la eficiencia en primer plano

La discusión llega cuando el maíz está aumentando su peso dentro de la agricultura uruguaya. Una estimación reciente situó el posible área 2026/27 alrededor de 320.000 hectáreas entre cultivos de primera y segunda, frente al récord de unas 260.000 hectáreas registrado en 2024/25. Otra proyección para la campaña ya había anticipado unas 300.000 hectáreas y una producción potencial de 1,9 millones de toneladas. Son previsiones, no cifras definitivas de siembra, pero muestran la magnitud que podría alcanzar el cereal.

Con semejante superficie, pequeños cambios en la eficiencia de utilización del fertilizante adquieren otra dimensión. El fraccionamiento también tiene costos: exige una nueva entrada al lote, disponibilidad de maquinaria, condiciones adecuadas para aplicar y capacidad para tomar decisiones durante el ciclo. Por eso no existe una receta única y la conveniencia debe evaluarse según ambiente, suelo, pronóstico, potencial productivo y manejo de cada establecimiento.

El nitrógeno, además, es solamente una pieza de la construcción del rendimiento. Población, fecha de siembra, sanidad, disponibilidad hídrica y nutrición interactúan durante todo el ciclo. La investigación busca que la fertilización deje de ser una decisión rígida tomada únicamente antes de sembrar y pueda corregirse a medida que aparece nueva información.

Para una campaña en la que el maíz podría ocupar una superficie inédita en Uruguay, la discusión ya no pasa solamente por cuántos kilos de nitrógeno aplicar, sino por cuánto, cuándo y bajo qué potencial productivo hacerlo. Fraccionar la dosis permite ganar tiempo para responder esas preguntas y reducir el riesgo de invertir en un nutriente que, si el cultivo no logra capturarlo, puede terminar fuera del alcance de las raíces.

© AgroLatam. Todos los derechos reservados.
Esta nota habla de: