Chicharrita del maíz: el dato que cambió todo y puede definir millonarias pérdidas
Un nuevo informe técnico reveló que contar chicharritas ya no alcanza. La clave ahora pasa por medir su infectividad, un factor que explica el verdadero riesgo para el maíz.
La Red Nacional de Monitoreo de Dalbulus maidis y especialistas de Aapresid advirtieron esta semana que el verdadero daño de la chicharrita en el maíz ya no depende únicamente de la cantidad de insectos presentes en los lotes, sino del nivel de infectividad que poseen. El hallazgo, basado en miles de monitoreos y análisis realizados durante las campañas 2024/25 y 2025/26, cobra relevancia porque permite explicar por qué regiones con poblaciones similares de la plaga registran impactos productivos completamente diferentes, una información clave para la toma de decisiones en la próxima campaña.
La conclusión representa un cambio de paradigma para el manejo sanitario del cultivo. Hasta ahora, el número de chicharritas capturadas era uno de los principales indicadores utilizados para evaluar el riesgo, pero los técnicos sostienen que esa información resulta insuficiente si no se conoce cuántos de esos insectos son realmente portadores de los agentes causales del complejo de achaparramiento. En consecuencia, la infectividad pasó a ser el parámetro más importante para interpretar el nivel real de amenaza que enfrenta cada lote.
La infectividad representa el porcentaje de chicharritas capaces de transmitir efectivamente los patógenos responsables del achaparramiento del maíz. Según los especialistas, este indicador permitió comprender las marcadas diferencias observadas entre distintas regiones productivas del país. El investigador Alejandro Vera explicó que zonas con niveles similares de capturas pueden presentar consecuencias sanitarias completamente distintas, justamente porque cambia la proporción de insectos infectivos presentes en cada ambiente.
Los relevamientos realizados mostraron escenarios muy diferentes. En algunas regiones se detectó una llegada temprana de insectos con elevados niveles de portación de Spiroplasma, situación que incrementó significativamente el riesgo sanitario. En cambio, otros sectores registraron abundantes poblaciones de chicharritas, aunque con bajos porcentajes de infectividad, reduciendo así el impacto potencial sobre los cultivos. Esta diferencia explica gran parte de los contrastes productivos registrados durante la última campaña.
Los datos presentados por la Red Nacional de Monitoreo respaldan esta nueva interpretación con un importante volumen de información. Durante la campaña se evaluaron más de 16.000 trampas adhesivas distribuidas en todo el país, se contabilizaron alrededor de 750.000 ejemplares de Dalbulus maidis y se realizaron más de 2.800 análisis mediante técnicas PCR, que permitieron determinar con precisión la presencia de los microorganismos responsables del complejo de achaparramiento.
Gracias a esta base de información, los especialistas concluyeron que la infectividad constituye hoy la herramienta más confiable para estimar el riesgo sanitario, superando ampliamente la simple observación del número de insectos capturados. Además, remarcaron que las diferencias regionales obligan a diseñar estrategias de manejo adaptadas a cada zona y no aplicar criterios uniformes para todo el país.
Frente a este escenario, la Red de Manejo de Plagas difundió una serie de recomendaciones destinadas a disminuir la presión de la enfermedad en las zonas endémicas. Entre las principales medidas figura evitar las siembras tempranas que favorezcan la continuidad temporal y espacial de los hospedantes, concentrando las fechas de implantación dentro de ventanas regionales previamente definidas.
Asimismo, los técnicos insistieron en eliminar los maíces voluntarios o "guachos", que funcionan como reservorio de la plaga entre campañas, realizar monitoreos desde la emergencia del cultivo, especialmente en bordes de lotes cercanos a maíces más desarrollados, y utilizar híbridos con buen comportamiento frente al complejo de achaparramiento. También recomendaron complementar el manejo con tratamientos de semillas, aplicaciones oportunas de insecticidas de eficacia comprobada y una coordinación regional entre productores, estrategia considerada fundamental para disminuir la circulación del insecto y reducir el impacto económico de una de las principales amenazas sanitarias que enfrenta actualmente el cultivo de maíz en Argentina.

