Agricultura

Maíz argentino: claves genéticas para frenar enfermedades que pegan en rinde y calidad

Un avance científico del INTA Pergamino identificó genes y rutas metabólicas que fortalecen la resistencia del maíz frente a enfermedades de la espiga. El hallazgo abre nuevas oportunidades para el mejoramiento genético y apunta a variedades más estables y seguras.

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Las enfermedades de la espiga del maíz representan uno de los principales riesgos productivos y sanitarios del cultivo. Patógenos como Fusarium verticillioides, Fusarium graminearum y Ustilago maydis no solo afectan el llenado de grano y el rendimiento, sino que también comprometen la inocuidad, al generar micotoxinas que pueden ingresar a la cadena alimentaria. En este escenario, un equipo de investigación del INTA Pergamino logró un avance clave al identificar genes comunes y vías metabólicas compartidas que se activan frente a estos tres patógenos.

Desde 2002, la genetista vegetal Juliana Iglesias trabaja en la comprensión de los mecanismos moleculares de defensa del maíz. A partir de un análisis transcriptómico de gran escala, el equipo logró detectar genes asociados a la resistencia múltiple, un enfoque que va más allá de los estudios tradicionales centrados en una sola enfermedad. El objetivo es claro: desarrollar variedades capaces de sostener rindes y calidad aun bajo alta presión sanitaria.

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"Con estos resultados, podremos identificar y estudiar los genes que se activan en la respuesta a múltiples enfermedades para mejorar la resistencia en maíz", explicó Iglesias. El trabajo aporta evidencia estratégica para los programas de mejoramiento genético, al identificar rutas defensivas comunes frente a patógenos con estilos de infección muy distintos.

En el marco de su tesis de maestría en Bioinformática y Biología de Sistemas en la Universidad Nacional del Noroeste de la Provincia de Buenos Aires (UNNOBA), Andrea Peñas Ballesteros profundizó en la interacción entre el maíz y estos patógenos críticos. Mientras los Fusarium provocan podredumbres de espiga y generan toxinas como fumonisinas y deoxinivalenol, el carbón del maíz altera severamente los tejidos y reduce el valor comercial del cultivo.

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El estudio se apoyó en un metaanálisis de datos transcriptómicos de alta calidad provenientes de bases públicas, lo que permitió comparar simultáneamente la respuesta del cultivo frente a patógenos con estrategias de patogénesis diferenciadas. El desafío es mayúsculo si se considera que el genoma del maíz cuenta con unos 32.000 genes distribuidos en 10 cromosomas, con un 85 % de secuencias repetidas, lo que complejiza la identificación de regiones clave.

A partir de esta información, el equipo avanza en una priorización de genes candidatos mediante algoritmos de aprendizaje automático, contrastando los resultados con estudios de GWAS (Genome-Wide Association Study). Según Iglesias, ya se identificaron alrededor de 400 genes potencialmente asociados a la resistencia múltiple, que actualmente se evalúan en ensayos funcionales a campo.

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Los resultados muestran diferencias contundentes entre materiales. Los genotipos resistentes presentan una respuesta defensiva más equilibrada, mantienen el metabolismo primario y limitan la infección, mientras que los genotipos susceptibles exhiben un conflicto metabólico, priorizando la defensa en detrimento del crecimiento y la estabilidad fisiológica.

"El análisis permitió obtener una visión integral de los mecanismos defensivos del maíz, más allá de la respuesta a un solo patógeno", señaló Iglesias, quien dirigió la tesis junto con Agustín Baricalla, bioinformático y genetista del CONICET. En ese sentido, el trabajo identifica hotspots de resistencia, regiones del genoma donde se concentran genes que confieren defensa simultánea frente a varias enfermedades.

Para el agro argentino, el impacto es directo. Conocer qué genes se activan y cómo interactúan permite acelerar los programas de mejoramiento mediante selección asistida por marcadores moleculares e incluso edición génica, reduciendo tiempos y costos. En un contexto de márgenes ajustados y exigencias sanitarias crecientes, este avance posiciona a la ciencia local como una herramienta estratégica para mejorar la competitividad del maíz argentino.

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