Bioinsumos

El fósforo está en el suelo, pero los cultivos no lo aprovechan: una tecnología busca cambiarlo

Bacterias capaces de movilizar fósforo retenido en el suelo avanzan en soja, maíz y otros cultivos. El mercado global proyecta una fuerte expansión hacia 2035.

Ana Sofía Pineda
Redactora especializada en agricultura en América Latina. Cubre actualidad agropecuaria, política rural, innovación y comercio agroalimentario, con foco en el impacto regional de las decisiones productivas y regulatorias.

Una parte importante del fósforo presente en los suelos agrícolas puede quedar retenida en formas de baja disponibilidad para las plantas, incluso después de sucesivas fertilizaciones. Frente a ese problema agronómico, las bacterias solubilizadoras de fósforo (PSB) están despertando un creciente interés como herramienta para mejorar la eficiencia de la nutrición vegetal. Para 2026, su utilización comienza a expandirse en cereales, oleaginosas, frutas y otros cultivos, mientras la industria de bioinsumos desarrolla formulaciones destinadas a integrarlas con tratamientos de semillas y programas convencionales de fertilización.

El mecanismo resulta especialmente atractivo porque apunta a un recurso que ya se encuentra en el sistema. Determinados microorganismos pueden producir ácidos orgánicos y enzimas que intervienen sobre formas poco disponibles de fósforo, favoreciendo su movilización y aumentando las posibilidades de absorción por las raíces. Esto no significa eliminar automáticamente la fertilización fosfatada: la respuesta depende de factores como tipo de suelo, pH, cultivo, cepa utilizada, condiciones ambientales y manejo nutricional.

La cuestión tiene una dimensión económica relevante. El fósforo es uno de los nutrientes esenciales para el desarrollo de los cultivos y su manejo representa una parte de los costos de producción. Conseguir que una mayor proporción del nutriente presente o aplicado quede disponible para las plantas podría mejorar la eficiencia del sistema, especialmente en ambientes donde los procesos químicos del suelo reducen rápidamente su disponibilidad.

De acuerdo con una proyección de IndexBox, firma privada especializada en inteligencia y análisis de mercados, el negocio mundial de bacterias solubilizadoras de fósforo podría crecer a una tasa anual cercana al 12% hasta 2035. Más que una sustitución masiva de los fertilizantes minerales, el escenario refleja una incorporación progresiva de soluciones biológicas dentro de estrategias de nutrición más integradas.

Soja y maíz ponen a América Latina frente a una oportunidad

El potencial adquiere una dimensión particular en América Latina por la escala de su agricultura. Brasil y Argentina concentran enormes superficies de soja y maíz, dos cultivos con elevada demanda de nutrientes y en los que los bioinsumos ya forman parte de numerosos planteos productivos. En determinados suelos tropicales y subtropicales, además, la disponibilidad de fósforo puede verse limitada por procesos de fijación, aumentando el interés por tecnologías que permitan mejorar su aprovechamiento.

Las oleaginosas y legumbres representarían alrededor del 25% de la demanda mundial de PSB, según las estimaciones de mercado de IndexBox, mientras cereales y granos concentrarían aproximadamente el 35%. La combinación coloca a los grandes cultivos extensivos entre los principales espacios donde esta tecnología podría ampliar su presencia durante la próxima década.

Uno de los desarrollos que empieza a modificar el mercado es la utilización de consorcios de microorganismos con funciones complementarias. En lugar de trabajar exclusivamente con una bacteria destinada a movilizar fósforo, las formulaciones pueden incorporar microorganismos asociados a otros procesos de nutrición vegetal, incluida la fijación biológica de nitrógeno. Para soja, donde la inoculación ya está ampliamente incorporada al manejo productivo en Sudamérica, esa posibilidad abre una nueva etapa de desarrollo tecnológico.

También avanza la integración con tratamientos de semillas y agricultura de precisión. El desafío ya no pasa únicamente por disponer de un microorganismo con capacidad biológica demostrada, sino por conseguir que llegue viable al lote, pueda aplicarse de manera sencilla y genere una respuesta suficientemente consistente bajo diferentes condiciones productivas. La eficacia en campo será determinante para que la expansión comercial se transforme en adopción sostenida por parte de los agricultores.

América Latina todavía representaría cerca del 10% del mercado global, de acuerdo con las estimaciones del informe, frente al 40% correspondiente a Asia-Pacífico. Sin embargo, la escala agrícola de Brasil y Argentina, sumada al crecimiento regional de los bioinsumos, convierte a Sudamérica en uno de los territorios donde la industria observa mayores posibilidades de expansión.

El gran desafío: que los microorganismos lleguen vivos al lote

A diferencia de un fertilizante mineral, un producto microbiológico depende de organismos vivos. Mantener su viabilidad durante fabricación, almacenamiento, transporte y aplicación es uno de los principales desafíos tecnológicos del sector. Temperaturas inadecuadas o períodos prolongados de almacenamiento pueden afectar el número de microorganismos viables y, con ello, el desempeño esperado una vez aplicado el producto.

La industria está intentando resolver esa limitación con nuevas formulaciones. Los productos líquidos ya concentrarían entre 40% y 45% de los ingresos mundiales del segmento, mientras se desarrollan sistemas de encapsulación y recubrimientos con biopolímeros orientados a proteger los microorganismos y extender su vida útil. Algunas tecnologías buscan superar los 18 meses de estabilidad, un avance que podría facilitar la distribución en mercados donde mantener una cadena logística controlada resulta costoso.

Pero el crecimiento de los bioinsumos enfrenta otra prueba decisiva: demostrar su conveniencia económica frente a programas tradicionales de nutrición. Para un productor de soja, maíz o trigo, el dato relevante no es solamente cuánto fósforo logra movilizar una bacteria, sino cuánto cuesta la tecnología y qué respuesta obtiene por hectárea. Esa relación entre inversión y resultado terminará definiendo la velocidad de adopción en cultivos extensivos.

Por eso, el escenario más probable no plantea una competencia en la que los microorganismos eliminen a los fertilizantes fosfatados. La tendencia apunta hacia esquemas de nutrición integrada, combinando análisis de suelo, fertilización mineral, inoculantes, tratamientos biológicos y herramientas de agricultura de precisión para aumentar la eficiencia de los nutrientes.

La proyección comercial muestra la magnitud de esa expectativa: IndexBox estima que el índice de valor del mercado podría alcanzar alrededor de 325 puntos en 2035, tomando 2025 como base 100. Para el agro, sin embargo, la verdadera medida del crecimiento estará en el campo: lograr que estas bacterias permitan aprovechar mejor el fósforo, sostener la productividad y mejorar la ecuación económica de la nutrición sin prometer reemplazos que todavía dependen de cada ambiente y sistema productivo.

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