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El estiércol deja de ser residuo y gana valor en el negocio ganadero

El tratamiento del estiércol abre nuevas fuentes de ingresos, reduce costos energéticos y mejora la sostenibilidad de los sistemas ganaderos.

AgroLatam
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Durante décadas, el estiércol del ganado fue considerado un desecho inevitable de la actividad pecuaria. Sin embargo, el avance tecnológico y la presión por producir de forma más eficiente y sostenible están cambiando esa mirada. Hoy, la boñiga comienza a consolidarse como una materia prima con valor económico, ambiental y social, capaz de generar ingresos adicionales para los productores del agro.

La clave está en dejar atrás el manejo básico y avanzar hacia procesos de valorización con mayor valor agregado. No se trata únicamente de compostaje tradicional, sino de transformar el estiércol en energía, bioinsumos y productos especializados, con demanda concreta en distintos mercados. La viabilidad económica de estas alternativas está directamente ligada al nivel de actualización tecnológica y a la escala productiva.

En explotaciones pequeñas, el compostaje de bajo costo o la venta de estiércol tratado permite generar ingresos complementarios con inversiones reducidas. En cambio, las medianas y grandes unidades ganaderas -especialmente aquellas con más de 500 animales- encuentran en los biodigestores una herramienta estratégica. A través de estos sistemas, el estiércol se transforma mediante digestión anaeróbica, dando origen a biogás y a un subproducto conocido como digestato o biol, utilizado como enmienda orgánica para suelos.

El biogás permite reemplazar combustibles tradicionales, reducir el gasto energético y, en algunos casos, generar electricidad o calor para autoconsumo. El digestato, en tanto, mejora la fertilidad de los suelos y puede comercializarse como enmienda orgánica, cerrando un círculo productivo más eficiente. En Colombia, por ejemplo, el estiércol procesado ya se comercializa en valores que oscilan entre $10.000 y $50.000 por bulto, mientras que los biodigestores muestran retornos de inversión a mediano plazo, en un contexto de suba sostenida de los fertilizantes sintéticos.

El interés por estas tecnologías crece en paralelo a la volatilidad de los mercados de insumos. La suba del precio de la urea y las restricciones en el comercio internacional han puesto en evidencia la dependencia externa de muchos sistemas productivos. Frente a ese escenario, el aprovechamiento del estiércol aparece como una alternativa local, capaz de reducir costos y aportar previsibilidad.

Además de la generación de energía, el estiércol permite avanzar hacia insumos de mayor valor agregado, como bioinsumos líquidos, fertilizantes orgánicos, enmiendas de alto valor y materiales ricos en carbono que mejoran la productividad del suelo y contribuyen a la captura de carbono. Incluso, procesos más avanzados permiten obtener subproductos con aplicaciones en la industria agroalimentaria, ambiental y energética.

El desafío, coinciden los especialistas, no es tecnológico sino organizativo y formativo. Para que el estiércol deje de ser un problema y se convierta en un recurso, es necesario recolectarlo de forma eficiente, concentrarlo en puntos estratégicos -como las áreas de ordeño- y contar con asesoramiento técnico que permita elegir el sistema adecuado según volumen, infraestructura y objetivos productivos.

La valorización del estiércol exige planificación, capacitación y acompañamiento, pero abre una oportunidad concreta para diversificar ingresos, mejorar la sostenibilidad de los sistemas ganaderos y avanzar hacia un modelo de producción más circular. Lo que antes se descartaba, hoy empieza a cotizar dentro y fuera del campo.

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