El frijol deja una cuenta inesperada en Sinaloa: hasta $20.000 menos por hectárea
Rendimientos que cayeron hasta una tonelada por hectárea redujeron los ingresos del cultivo, mientras las plagas obligaron a sumar tratamientos y elevaron los costos.
El ciclo otoño-invierno 2025/26 dejó una fuerte pérdida de productividad y rentabilidad para productores de frijol del norte de Sinaloa, México, luego de que temperaturas inusualmente altas y una intensa presión de plagas redujeran los rendimientos hasta cerca de una tonelada por hectárea en algunas parcelas. Frente a una referencia financiera de 1,87 toneladas por hectárea, semejante caída puede representar casi 20.000 pesos mexicanos menos de ingreso por hectárea, sin considerar todavía el gasto adicional necesario para controlar los problemas sanitarios.
La diferencia muestra una cara del problema que va más allá del volumen cosechado. Los cálculos utilizados como referencia para planificar el cultivo contemplaban un rendimiento probable de 1,87 toneladas por hectárea, dentro de un rango de 1,68 a 2,05 toneladas. Bajo ese escenario, el ingreso esperado alcanzaba los 42.514 pesos por hectárea, con una utilidad estimada de 9.597 pesos.
Pero los resultados observados en diferentes campos quedaron por debajo de esas previsiones. Agricultores reportaron cosechas de entre 1 y 1,5 toneladas por hectárea, mientras que en las situaciones más comprometidas de Ahome hubo lotes que ni siquiera alcanzaron una tonelada. Frente a las aproximadamente 2 toneladas consideradas habituales en la zona, la merma productiva llegó en algunos casos al 50%.
Y cada décima perdida tiene consecuencias económicas. Con un rendimiento de 1,5 toneladas por hectárea, el ingreso estimado baja a 34.103 pesos, unos 8.411 pesos menos que la referencia. Con una tonelada, cae a 22.735 pesos y la diferencia asciende a 19.779 pesos por hectárea. Si el rendimiento desciende hasta 0,8 toneladas, el ingreso se reduce a 18.188 pesos y la brecha supera los 24.000 pesos.
Cuando producir menos también obliga a gastar más
La campaña tuvo además una combinación particularmente desfavorable: mientras disminuía la cantidad de grano obtenida por hectárea, aumentaban las necesidades de manejo sanitario. Las altas temperaturas registradas durante buena parte del ciclo modificaron el desarrollo normal de las plantas y favorecieron condiciones para una mayor presencia y reproducción de diferentes plagas.
Entre los problemas observados estuvieron trips, mosca blanca, chicharrita y araña roja, además de enfermedades como el tizón foliar. También hubo reportes de gusano del fruto. La presión obligó a realizar aplicaciones extraordinarias para intentar contener los daños, agregando costos precisamente durante una campaña que ya estaba perdiendo potencial de cosecha.
El efecto del calor fue doble. Por un lado, aceleró el desarrollo fisiológico del frijol y adelantó procesos dentro del cultivo. Por otro, ese crecimiento más rápido no necesariamente se convirtió en una correcta formación y llenado de los granos, limitando el rendimiento final.
A la vez, las temperaturas elevadas facilitaron ciclos reproductivos más rápidos de algunos insectos. Una población que se multiplica con mayor velocidad puede exigir controles adicionales y acortar los intervalos de seguimiento, aumentando tanto la complejidad del manejo como el gasto necesario para proteger el lote.
El resultado fue una ecuación especialmente complicada: menos kilos para vender y más dinero destinado a intentar producirlos. Y eso explica por qué una caída del rendimiento no puede medirse únicamente comparando toneladas.
El umbral que puede borrar la rentabilidad del frijol
La referencia económica permite dimensionar dónde comienza el problema. Con 1,87 toneladas por hectárea, la planificación contemplaba una utilidad cercana a 9.600 pesos por hectárea. Si la cosecha se reduce a 1,5 toneladas, solamente la pérdida de ingresos frente a esa base ronda los 8.400 pesos, por lo que gran parte del margen esperado puede desaparecer.
La situación se vuelve considerablemente más delicada cuando el lote produce alrededor de una tonelada. Allí la diferencia de ingresos se acerca a 19.800 pesos por hectárea, más del doble de la utilidad inicialmente proyectada. Y ese cálculo no incorpora necesariamente todos los tratamientos extraordinarios derivados de la mayor presión sanitaria.
Para una explotación con varias hectáreas, la escala amplifica rápidamente el impacto. Una diferencia de 19.779 pesos por hectárea equivale a casi 198.000 pesos en diez hectáreas y se aproxima al millón de pesos en una superficie de 50 hectáreas. No significa que todo ese monto constituya una pérdida contable definitiva, pero permite visualizar cuánto ingreso potencial deja de generarse cuando el rendimiento se aleja de la referencia.
El episodio también vuelve a poner sobre la mesa la sensibilidad de los cultivos frente a campañas con temperaturas fuera de los patrones habituales. El frijol necesita atravesar correctamente etapas determinantes para formar vainas y completar el llenado de los granos; cuando esas fases coinciden con estrés térmico y elevada presión sanitaria, el potencial puede deteriorarse rápidamente.
Para los productores sinaloenses, la campaña deja así una advertencia económica además de productiva. Una cosecha que cae de 1,87 a una tonelada por hectárea no representa solamente 870 kilos menos: puede significar cerca de 20.000 pesos de ingresos que desaparecen por cada hectárea sembrada, mientras el costo de defender el cultivo sigue creciendo.

