Opinión

Agro argentino: el boom que se anuncia, pero no se cosecha

Prometen boom en el campo, pero entre retenciones y costos, la épica productiva sigue esperando su cosecha real

Ignacio Rivero
Periodista especializado en agroindustria del Cono Sur. Analiza políticas públicas, mercados, infraestructura y cadenas de valor del sector agroalimentario.

El "boom" del agro volvió a instalarse en la agenda pública. No desde el lote ni desde la cosecha, sino desde el discurso político. Y como suele ocurrir en la Argentina, la narrativa corre más rápido que los números.

El ministro de Economía, Luis Caputo, eligió una palabra potente, casi aspiracional. Hablar de boom en el campo implica imaginar rindes récord, inversión sostenida, tecnología desplegada y una cadena de valor aceitada. Pero cuando uno baja al territorio productivo, el panorama es bastante más complejo.

El agro argentino no está en un boom: está en modo resistencia eficiente. Produce, invierte, se adapta, pero no despega.

Porque si algo define hoy al productor es su capacidad de sostener el sistema en condiciones adversas. La siembra directa, la tecnificación, el uso estratégico de insumos y las buenas prácticas agrícolas (BPA) siguen siendo pilares. Pero la ecuación económica sigue tensionada.

El dato más elocuente no está en las proyecciones de exportaciones, sino en la superficie sembrada de soja, que vuelve a caer. Menos 800.000 hectáreas no es un detalle técnico: es una señal. El cultivo estrella del ingreso de divisas muestra síntomas de fatiga estructural.

¿Las razones? Conocidas. Retenciones, presión fiscal, costos en dólares y un contexto internacional que no ayuda. La relación insumo-producto sigue siendo un termómetro clave de la rentabilidad, y hoy no cierra con comodidad.

El Estado, aunque redujo parcialmente los Derechos de Exportación (DEX), todavía captura una porción significativa del valor generado. Traducido al lenguaje del campo: uno de cada cuatro camiones de soja sigue sin ser del productor.

En paralelo, otros cultivos como el maíz y el girasol muestran mayor dinamismo. No por casualidad, sino por una menor carga impositiva relativa, lo que confirma una regla básica del agronegocio: donde hay incentivo, hay respuesta productiva.

Sin embargo, el problema de fondo no es solo fiscal. Es también de previsibilidad. La ausencia de una hoja de ruta clara en materia de retenciones genera incertidumbre en la planificación. Y en el agro, donde las decisiones se toman meses antes de la cosecha, eso pesa.

El productor argentino invierte todos los años cerca de US$20.000 millones. Lo hace incluso en contextos adversos, apostando a la próxima campaña, al clima, al mercado y, muchas veces, a la intuición. Pero ese esfuerzo no puede sostener indefinidamente un sistema que no termina de devolver señales claras.

Desde entidades como la Sociedad Rural Argentina se insiste con un punto central: la eliminación de las retenciones como condición necesaria para liberar el potencial productivo. No es un reclamo nuevo, pero sí cada vez más urgente en un escenario donde la competitividad se define al centavo.

Mientras tanto, el contexto global agrega presión. Los precios internacionales de los granos no garantizan márgenes extraordinarios y los costos de fertilizantes, combustibles y logística siguen en niveles elevados. La infraestructura vial y los costos de transporte también juegan su partido silencioso en la rentabilidad final.

Hablar de boom en este contexto es, al menos, apresurado. O, en todo caso, es un boom potencial, condicionado.

El agro argentino tiene todo para serlo: escala, conocimiento, adopción tecnológica, articulación público-privada a través de organismos como el INTA y marcos sanitarios sólidos bajo SENASA. Pero el salto no ocurre solo por deseo político ni por declaraciones en redes sociales.

El verdadero boom no se decreta. Se construye.

Y para que ocurra, hacen falta condiciones que hoy todavía están en discusión: reglas claras, menor presión fiscal, acceso a crédito agropecuario competitivo y una estrategia de largo plazo.

Hasta entonces, el campo seguirá haciendo lo que mejor sabe: producir. Sin épica discursiva, pero con una resiliencia que, paradójicamente, es mucho más real que cualquier boom anunciado.

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