Opinión

Bioeconomía argentina y UE-Mercosur: el tren no espera-o dejamos de ser "granero" o nos quedamos proveedores baratos en la transición verde

La letra chica del acuerdo puede empujarnos al salto bioindustrial... o encadenarnos a exportar biomasa mientras Europa captura el valor. El tren está saliendo.

Camila Vergara
Periodista especializada en frutas y normativas. Cubre agroexportaciones con enfoque técnico, valor y acceso a mercados.

Hay frases que suenan lindas, pero te pueden dejar quieto. "Somos el granero del mundo", por ejemplo. En 2026, cuando el mundo discute huella de carbono, economía circular y plataformas biotecnológicas, ser "granero" puede ser un elogio... o una condena. La pregunta incómoda es otra: ¿vamos a ser protagonistas de la transición verde o apenas el depósito de biomasa del Atlántico Sur?

Los economistas Roberto Bisang y Eduardo Trigo lo dicen sin rodeos: el acuerdo UE-Mercosur puede ser un punto de inflexión para la Argentina. Pero no por arte de magia ni por firma ceremonial. El giro depende de algo que en nuestro país suele fallar: la capacidad de alinear la estrategia privada con una política pública consistente, estable y de largo plazo. En criollo: menos volantazos, más plan.

El contexto global ayuda a entender por qué este debate es hoy y no "cuando pase la campaña". La convergencia entre preocupaciones ambientales y ciencia aplicada está acelerando alternativas basadas en recursos biológicos. Y eso abre un mercado enorme: foros globales y organismos internacionales estiman que la bioeconomía puede moverse entre 4 y 5 trillones de dólares, con proyecciones de duplicación hacia 2030. ¿Dónde entra Argentina? En el lugar donde somos fuertes: biomasa, alimentos, bioenergías, salud y una base científica que, pese a todo, sigue de pie.

Pero ojo: tener recursos no es lo mismo que capturar valor. Ahí aparece el riesgo central que Bisang y Trigo subrayan y que a mí me preocupa más que cualquier gráfico de exportaciones: consolidar una relación asimétrica , en la que Argentina sea un proveedor "competitivo" (ambiental y económicamente) pero quede afuera de los nuevos mercados globales de la bioeconomía . Es decir: vender lo "verde" sin industrializarlo, sin patentes, sin plataforma tecnológica propia y sin empleo calificado derramando en el interior productivo.

Europa, por su parte, ya hizo su tarea conceptual: revisó su estrategia de bioeconomía con un objetivo explícito de impulsar una economía circular, climáticamente neutral y basada en recursos biológicos. Y también tiene escalada: la bioeconomía europea se estimaba en torno a €2,7 trillones en 2023. Si Europa ya sabe lo que quiere, el interrogante es qué quiere Argentina dentro del acuerdo: ¿entrar como socio o como surtidor?

Acá aparece el "diablo" de siempre: la letra chica. Porque la competitividad no es sólo tipo de cambio o flete; hoy también es trazabilidad , estándares regulatorios, cooperación técnica, reglas para inversiones y acceso real a mercados. El acuerdo promete eliminar barreras y establecer marcos comunes. Perfecto. Pero si no participamos de manera proactiva en la implementación, corremos el riesgo de que los estándares terminen diseñados para que exportemos materia prima "apta" mientras la transformación bioindustrial se hace del otro lado del Atlántico.

Y sí, esto también es política doméstica. Si la macro empieza a ordenarse, la pregunta es qué hacemos con esa ventana: ¿la usamos para convalidar el statu quo exportador o para cambiar el modelo? Bisang y Trigo hablan de "manos a la obra" y coinciden: estabilidad sin estrategia es apenas una tregua. El mercado interno achicado y la pérdida de competitividad de sectores enteros empujan a integrarse al mundo, pero "integrarse" no puede ser sinónimo de resignarse.

Argentina tiene pocos minerales "raros" -salvo el litio- para esa nueva era computacional que demanda tierras raras. Pero tiene algo igual o más valioso para esta etapa: capacidad de generar biomasa y un ecosistema biotecnológico con potencial (y talento) para escalar. El salto pendiente es convertir esa biomasa en plataformas biotecnológicas aplicables a múltiples industrias. La edición génica, por ejemplo, ya dejó de ser promesa: se está volviendo norma competitiva en mercados futuros.

Entonces, ¿qué nos falta? Menos épica y más ingeniería institucional: reglas, financiamiento, articulación público-privada, infraestructura, y una agenda exportadora que deje de ser "más volumen" para ser "más valor". Y, sobre todo, coordinación: co-construir una posición coherente entre empresas y Estado. Sin eso, el acuerdo puede quedar reducido a una foto: más toneladas con menos margen, más exigencias con menos capacidad de respuesta, y una oportunidad histórica desperdiciada.

El próximo paso lo tiene el Congreso. Pero no alcanza con aprobar o rechazar como si fuera una pulsada ideológica. Hace falta un análisis profundo, diligente y estratégico: qué cadenas bi-regionales de valor queremos impulsar, en qué rubros podemos negociar mejor, qué instrumentos internos vamos a poner para no quedar atrapados en el rol de proveedor. Porque el acuerdo no define nuestro destino: lo define cómo entramos.

El tren de la bioeconomía ya está en marcha. La Argentina puede subirse como socio, con bioproductos, tecnología, empleo y territorialidad. O puede quedarse en el andén, vendiendo biomasa barata mientras otros capturan el negocio "verde". Y esa, aunque duela, es la discusión real.

© Camila Vergara para AgroLatam. Reproducción total o parcial prohibida sin autorización expresa.
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