Brasil, atrapado entre el silencio diplomático y la pérdida de influencia en la nueva arquitectura regional latinoamericana
La ofensiva de EE.UU. en Venezuela dejó a Brasil al margen de su propia región. El liderazgo que alguna vez aspiró, hoy está en entredicho.
La historia juzgará con severidad el rol que Brasil decidió ocupar -o dejar vacante- en la mayor crisis regional de las últimas décadas. Mientras Estados Unidos concretaba una intervención quirúrgica en Venezuela y establecía, sin resistencia, un protectorado de facto, Brasil optó por el silencio diplomático. Y no se trató de un episodio aislado, sino del corolario de años de pasividad, ambigüedad ideológica y una política exterior desconectada de la realidad estratégica de América Latina.
El contraste no puede ser más elocuente: mientras el conflicto se desarrollaba literalmente sobre su frontera norte, Brasil respondió con un tibio comunicado junto a cinco aliados ideológicos, expresando "profunda preocupación". Una frase tan cuidadosamente calibrada como vacía de contenido real. Para una potencia que aspira a un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, esa inacción resulta no solo llamativa, sino peligrosamente autocomplaciente.
No siempre fue así. Brasil supo cultivar una diplomacia robusta, con un cuerpo diplomático reconocido, redes regionales profundas y vocación de mediador. Pero en los momentos cruciales, optó por la retórica en lugar del liderazgo. Recibir con honores a Nicolás Maduro en 2023 y minimizar las denuncias de autoritarismo como "narrativas" fue un punto de quiebre. En ese gesto, la política exterior brasileña dejó de ser estrategia para convertirse en reflejo de la política doméstica. Lo que siguió fue el retroceso.
Hoy, Brasil no solo ha perdido la iniciativa, sino también la legitimidad para incidir en los grandes debates de la región. Hasta países lejanos como Noruega y Catar lograron mayor credibilidad como actores en la crisis venezolana. Mientras tanto, Brasilia observa desde la tribuna cómo Washington reconfigura su zona de influencia.
Los errores fueron muchos y acumulativos. Años de apostar por foros como el BRICS, discursos sobre el "Sur Global" y una agenda de eventos internacionales grandilocuentes no compensan el hecho de que Brasil desatendió su vecindario inmediato. Ignoró alertas democráticas, minimizó violaciones de derechos humanos y, peor aún, lideró a sectores de la izquierda regional hacia una peligrosa indiferencia bajo el disfraz del respeto a la soberanía. Esa decisión allanó el terreno para que EE.UU. actuara unilateralmente, sin costo diplomático real.
La paradoja es que Brasil tiene atributos para liderar: instituciones relativamente sólidas, cultura multilateralista, tradición de resolución pacífica y vastos recursos estratégicos. Pero confundió neutralidad con pasividad, multilateralismo con inacción, y ahora paga el precio.
Donald Trump, con su estilo directo y su poco apego a las formas diplomáticas, ha reposicionado a EE.UU. como actor dominante en América Latina. Lo logró porque encontró una región fragmentada, sin liderazgo, y un Brasil sin reflejos. Incluso la reunión bilateral con Lula antes de la ofensiva en Venezuela puede leerse como una jugada estratégica para desactivar cualquier posible reacción. Funcionó.
Hoy Lula se ve obligado a moderar su discurso, evitar confrontaciones con Washington y apostar, al menos públicamente, por la cautela. La prioridad pasó a ser cerrar acuerdos como el de la UE-Mercosur, mientras en su frontera se redefine el orden regional sin que Brasil tenga participación efectiva.
La lección es clara. El liderazgo regional no se hereda ni se declara. Se ejerce. Brasil desperdició su oportunidad más clara en una generación para consolidarse como potencia regional. Y no fue por falta de capacidades, sino por una mezcla de cálculo erróneo, ideologización de la política exterior y una peligrosa desconexión con los intereses estratégicos reales.
El mundo se está reordenando. América Latina también. Pero mientras otros actores se mueven con pragmatismo, Brasil sigue atado a discursos del pasado, sin comprender que el tiempo para ejercer influencia no se suspende: simplemente se pierde.

