Opinión

Clima en disputa: cuando negar la evidencia sale más caro que adaptarse

Mientras algunos dudan, el clima cambia y el agro paga la cuenta. ¿Estamos discutiendo teorías o nuestro propio futuro productivo?

Ignacio Rivero
Periodista especializado en agroindustria del Cono Sur. Analiza políticas públicas, mercados, infraestructura y cadenas de valor del sector agroalimentario.

Hace pocos días, un reconocido periodista afirmó que "se cae a pedazos el argumento sobre el cambio climático". La frase impacta. Es provocadora. Pero no es cierta.

Lejos de derrumbarse, la evidencia científica sobre el cambio climático se ha consolidado como pocas veces en la historia contemporánea. No hablamos de una hipótesis marginal ni de una moda académica. Hablamos de décadas de investigación, miles de artículos revisados por pares y consensos construidos a escala global.

La relación entre el aumento del dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero y el incremento sostenido de la temperatura global no es una consigna política. Es física básica, es química atmosférica, es medición instrumental. Y es modelización predictiva que, además, viene acertando.

La física no cambia según nuestras opiniones. Venus, con una atmósfera rica en CO, es más caliente que Mercurio pese a estar más lejos del Sol. No es ideología. Es efecto invernadero.

La evidencia tampoco se limita a promedios globales. Se manifiesta en la mayor frecuencia e intensidad de eventos extremos: olas de calor prolongadas, sequías severas, precipitaciones concentradas en pocos días, tormentas más violentas. También episodios de frío intenso. También nevadas inusuales.

Confundir clima con tiempo meteorológico es un error conceptual básico. El clima es tendencia de largo plazo; el tiempo es coyuntura. En un sistema alterado, los extremos -cálidos y fríos- pueden intensificarse. Eso es exactamente lo que la literatura científica describe desde hace años.

Se puede debatir la velocidad del proceso. Se puede discutir qué herramientas de mitigación o adaptación son más eficientes. Se puede analizar cómo distribuir los costos de la transición energética. Lo que no se puede hacer -sin caer en la desinformación- es afirmar que no hay evidencia.

No escribo desde una trinchera ideológica. No milito consignas ambientales. Milito la información rigurosa. La misma que exigimos cuando un familiar necesita una cirugía compleja. Nadie diría que la cardiología es "una construcción cultural". Confiamos en la mejor evidencia disponible. Tomamos decisiones en función del conocimiento.

¿Por qué con el clima debería ser distinto?

En América Latina, y particularmente en el Cono Sur, las sequías recientes dejaron pérdidas multimillonarias. En Argentina, el impacto sobre el complejo sojero y cerealero golpeó exportaciones, reservas y empleo. No es un debate abstracto: es macroecnomía, es balanza comercial, es estabilidad productiva.

Además, el comercio internacional ya incorpora crecientes exigencias ambientales: trazabilidad, medición de huella de carbono, estándares de sostenibilidad. Los mercados no esperan a que resolvamos nuestras discusiones culturales. Avanzan. Y el agro que no se adapte corre el riesgo de perder competitividad.

Es cierto que el catastrofismo vacío no ayuda. Tampoco los fundamentalismos. Pero menos ayuda aún instalar la idea de que "todo está exagerado" o que el problema no existe. Porque el costo no es teórico: lo pagan las economías regionales, lo pagan los productores que enfrentan campañas cada vez más imprevisibles, lo pagan los países que llegan tarde a los nuevos estándares globales.

Sí, hay intereses económicos en juego. La transición energética, la regulación del carbono y la adaptación productiva redefinen inversiones y rentabilidades. Negarlo sería ingenuo. Pero una cosa es discutir cómo se implementan los cambios y otra muy distinta es negar la base científica que origina la discusión.

La verdadera grieta no es entre ambientalistas y productivistas. Es entre información y desinformación.

Si actuamos con racionalidad, podemos innovar más, emitir menos y desarrollar sistemas productivos más resilientes. El agro tiene tecnología, conocimiento y capacidad empresarial para hacerlo. Lo que no puede permitirse es ignorar el escenario en el que compite.

La discusión es legítima. La duda es saludable. La negación sin evidencia, no.

La desinformación no nos protege. Nos debilita. Y en el agro, debilitarse nunca fue una estrategia inteligente.

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