Opinion

Europa se abre, Venezuela asoma: una oportunidad que el agro argentino no puede desaprovechar

Dos señales externas llegan casi al mismo tiempo y obligan a repensar la estrategia exportadora. Europa y Venezuela vuelven a entrar en escena. La pregunta es si la Argentina está lista para jugar en ambos frentes.

Matías Cosenza
Matías Cosenza, periodista especializado en ganadería, avicultura y salud animal, sanidad, mercados y tecnología.

Los primeros días de 2026 dejaron algo más que titulares para el agro: dejaron señales. Señales de apertura, de oportunidades concretas y, también, de desafíos que ya no se pueden postergar. En cuestión de semanas, la Argentina pasó de discutir cómo sostener sus exportaciones a tener sobre la mesa dos tableros externos que vuelven a moverse al mismo tiempo: la Unión Europea, como destino estructural de largo plazo, y Venezuela, como una incógnita regional que podría volver a jugar un rol relevante.

Después de más de tres décadas de negociaciones, el acuerdo entre la UE y el Mercosur marca un punto de inflexión para la inserción internacional argentina. La confirmación de su firma, anunciada por el canciller Pablo Quirno, no es solo un gesto diplomático: es un cambio de reglas. Previsibilidad, acceso preferencial y un marco sanitario y aduanero más claro para competir en uno de los mercados más exigentes del mundo.

Europa compra alimentos por más de US$ 220.000 millones al año, tiene 450 millones de consumidores y explica cerca del 15 % del PBI global. Frente a ese tamaño, el dato que incomoda es otro: Argentina apenas representa el 3 % de sus importaciones totales. No por falta de capacidad productiva, sino por barreras arancelarias, asimetrías comerciales y decisiones internas que, durante años, nos dejaron corriendo desde atrás.

El acuerdo viene a equilibrar ese escenario. Como explicó el ministro de Economía Luis Caputo, la Argentina quedará en igualdad de condiciones frente a países que ya tenían acuerdos con la UE. Para el agro, el impacto es directo: el 99 % de las exportaciones agrícolas del Mercosur tendrá beneficios, con desgravaciones inmediatas y graduales, cuotas relevantes y un punto clave para el productor: la eliminación de las retenciones a las exportaciones hacia Europa a partir del tercer año, con la excepción parcial del complejo sojero.

No es un detalle menor. En un país donde las retenciones funcionan como un impuesto permanente a la producción, ese compromiso puede convertirse en una señal concreta de cambio. El ejemplo de la carne vacuna lo grafica con claridad: la eliminación del arancel de la Cuota Hilton implica ahorros millonarios para la cadena, mejora precios y vuelve más competitiva a la industria frente a otros proveedores globales.

Mientras Europa aparece como ancla de previsibilidad, América Latina ofrece otro tipo de lectura. La detención de Nicolás Maduro y un eventual proceso de normalización institucional en Venezuela reabren una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué pasaría si ese mercado, que supo ser estratégico, vuelve a demandar alimentos?

Los números son elocuentes. En 2012, Venezuela era el quinto destino de exportación argentino, con ventas por US$ 2.220 millones. Hoy, ese vínculo se redujo a una mínima expresión. En el medio quedaron deudas impagas, operaciones frustradas y experiencias traumáticas, como la que afectó a SanCor, golpeada por incumplimientos que todavía pesan en la memoria del sector.

Pensar en una recuperación venezolana no implica ingenuidad. Será lenta, desordenada y con riesgos financieros evidentes. Pero también es cierto que pocos mercados conocen tan bien los productos argentinos, desde la leche en polvo hasta el maíz, los aceites y las carnes. En un contexto de reconstrucción regional, ese antecedente puede volver a jugar a favor.

Europa y Venezuela no se contraponen. Se complementan. Una ofrece estabilidad, reglas claras y valor agregado; la otra, volumen potencial y cercanía logística. El verdadero desafío no está afuera, sino puertas adentro: ordenar la macroeconomía, sostener reglas previsibles y dejar de penalizar al sector que genera la mayor parte de los dólares.

El tablero internacional se está rearmando. Esta vez, las oportunidades están claras. Lo que todavía resta definir es si la Argentina va a mirarlas pasar o si, finalmente, decide jugar el partido con una estrategia de largo plazo.

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