Opinion

La economía argentina en 2026 -un año de transición donde la clave será la paciencia y el timing

Un año sin saltos cambiarios, con presiones moderadas y una macro que aún busca estabilizarse. El desafío será transitar la transición sin perder de vista las oportunidades.

Fausto Spotorno
Fausto Spotorno

La economía argentina llega a 2026 con una particular mezcla de expectativas moderadas, señales de estabilización y la sensación de estar atravesando un puente entre dos modelos. En ese marco, el economista Fausto Spotorno, director del Centro de Estudios Económicos de Orlando Ferreres & Asociados, sorprendió con una advertencia tan simple como contundente: "No esperen un ajuste significativo del tipo de cambio para el año que viene".

La frase no es un slogan ni un consuelo: es una lectura de las condiciones reales que enfrenta el Gobierno. Con los datos disponibles, OFF proyecta un dólar oficial de $1.768 por unidad a fines de 2026, un número que se mueve lejos de los fantasmas devaluatorios que suelen dominar el debate público. La inflación, por su parte, se ubicaría en 13,3% en 2026 tras cerrar este año en torno al 29,7%.

Spotorno sostiene que las bandas cambiarias, implementadas como ancla temporal, ya no tienen sentido en la coyuntura actual. Pero eso no significa abrir el juego: el economista imagina un esquema "más adecuado", aunque igual administrado por el Banco Central. En otras palabras, ni salto discreto ni flotación libre: un régimen pragmático para evitar shocks innecesarios.

Uno de los puntos más interesantes de su exposición fue su insistencia en no distraerse con la discusión eterna sobre el tipo de cambio real. "Los gobiernos no pueden determinar el tipo de cambio real por más que intenten hacerlo", recordó. Se trata de una verdad incómoda en un país donde buena parte del debate político gira alrededor del dólar como si fuera un instrumento de diseño.

Sobre las reservas internacionales, Spotorno pidió una lectura más amplia. No solo sirven para defender el tipo de cambio, sino también -y esto es clave- como garantía de pago para los bonos en dólares. Por eso los acreedores externos presionan tanto en esta materia.

El episodio previo a las últimas elecciones legislativas es el mejor ejemplo: la salida de divisas fue "gigantesca", solo contenida por el aporte extraordinario del FMI y los adelantos de las agroexportadoras bajo el régimen de suspensión de retenciones. Hoy, con ese combustible extraordinario agotado, el desafío de 2026 será generar dólares de manera genuina: exportaciones, deuda corporativa, inversión extranjera directa y, eventualmente, el regreso del Estado al mercado global de crédito.

El agro, una vez más, aparece como protagonista inevitable. Con precios internacionales favorables y una cosecha que podría ser significativa, el sector vuelve a ser la principal fuente de divisas. Spotorno incluso sugiere que, si se concreta "la mitad de los anuncios de inversiones", el flujo de dólares sería "muy considerable".

En ese mismo sentido, el economista afirma que bajar el riesgo país por debajo de 500 puntos sería la llave para que Argentina vuelva a emitir deuda en el exterior en condiciones razonables. No es una meta sencilla, pero tampoco imposible si la tendencia hacia la estabilidad se sostiene.

En el escenario internacional, la política de tasas a la baja de la Reserva Federal agrega otra capa de oportunidad para emergentes como Argentina. Sin embargo, el "detalle" nada menor será el timing: si la reducción es muy lenta, los efectos positivos podrían demorarse. Y la economía local necesita que las buenas noticias lleguen a tiempo.

En paralelo, algunos anticipan una corrección global producto de una posible burbuja en acciones vinculadas a Inteligencia Artificial. Spotorno, sin minimizar riesgos, recuerda que no hay señales de un colapso sistémico inmediato.

Su conclusión es tan realista como prudente: 2026 será un buen año, pero no extraordinario. No es un boom, ni un derrumbe: es una fase de transición entre un modelo que agoniza y otro que todavía está tomando forma. Será un año donde algunas actividades crecerán con fuerza y otras perderán competitividad al quedar expuestas a la competencia global, sin el refugio de los viejos esquemas.

La verdadera pregunta no es si 2026 será bueno. La verdadera pregunta es si los distintos sectores -del agro a la industria, de la energía a la economía del conocimiento- están preparados para competir en un país más abierto y con menos atajos. Porque la transición no premia a quien espera: premia a quien se adelanta.

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