Opinión

Seguridad alimentaria en riesgo por el conflicto en Medio Oriente

La suba de fertilizantes y fletes por tensiones geopolíticas impacta al agro latinoamericano y pone en jaque la producción de alimentos.

Muhammad Ibrahim
Director General del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA)

El 30 de marzo de 2026, la escalada del conflicto en Medio Oriente comenzó a impactar de forma directa en el sistema agroalimentario global, con una suba en los precios de fertilizantes y fletes que afecta a millones de productores. El fenómeno, analizado por especialistas como Muhammad Ibrahim del Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura, es clave porque amenaza la seguridad alimentaria y altera los flujos del comercio agrícola internacional.

Históricamente, los conflictos en esa región repercuten más allá del plano político o energético. La interdependencia entre energía, transporte marítimo y producción química convierte a los fertilizantes en un insumo crítico y altamente vulnerable. El gas natural, base para la producción de amoníaco y urea, representa hasta el 80% del costo total, lo que explica por qué cualquier aumento energético impacta de inmediato en los precios internacionales.

A esto se suma el peso estratégico de países del Golfo Pérsico como exportadores de insumos y la fragilidad de rutas comerciales clave como el estrecho de Ormuz o el canal de Suez. Las tensiones elevan los costos logísticos, encarecen seguros marítimos y prolongan tiempos de entrega, configurando nuevas barreras no arancelarias dentro de las cadenas de valor agroalimentarias.

América Latina: dependencia, costos y riesgo para la producción

Las consecuencias ya se sienten en el terreno productivo. El aumento de los fertilizantes obliga a los productores a reducir su uso o modificar sus planes de siembra, lo que deriva en menores rendimientos y presión sobre los precios de los alimentos. En términos globales, esto impacta directamente en la seguridad alimentaria y en la estabilidad de los mercados agrícolas.

En América Latina, el escenario es particularmente sensible. La región es una potencia en exportaciones agroalimentarias, pero depende fuertemente de insumos importados. Brasil importa entre el 80% y el 85% de los fertilizantes que utiliza, mientras que Argentina ronda el 60%. En otros países, la dependencia es aún mayor, lo que expone a toda la región a la volatilidad externa.

Datos recientes del Banco Mundial indican que los precios de fertilizantes aumentaron un 6,5% en febrero de 2026, en un contexto de restricciones productivas y tensiones logísticas. Al mismo tiempo, cerca del 80% de las explotaciones agrícolas son familiares, según el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura, lo que amplifica el impacto social y económico en zonas rurales.

Frente a este escenario, la seguridad alimentaria deja de ser una preocupación abstracta para convertirse en un desafío inmediato y estructural. La región necesita avanzar en estrategias que fortalezcan la resiliencia del sistema productivo, reduzcan la dependencia de fertilizantes importados y promuevan el uso de bioinsumos, biotecnología y agricultura de precisión.

La conclusión es contundente: los conflictos ya no solo se miden en términos geopolíticos, sino también en su impacto sobre el acceso a los alimentos. América Latina, como actor clave en el abastecimiento global, enfrenta el desafío de sostener su competitividad y garantizar la estabilidad de sus cadenas agroalimentarias en un contexto cada vez más incierto. 

© AgroLatam. Todos los derechos reservados.
Esta nota habla de: