Opinion

Trigo: bajar costos sin estrategia puede comprometer rinde, calidad y rentabilidad del campo.

Con márgenes ajustados, recortar fertilización sin diagnóstico puede impactar fuerte en el rinde final.

Ignacio Rivero
Periodista especializado en agroindustria del Cono Sur. Analiza políticas públicas, mercados, infraestructura y cadenas de valor del sector agroalimentario.

La campaña fina 2026 arranca con una ecuación que inquieta a buena parte del campo argentino: costos altos, márgenes ajustados y un clima que vuelve a jugar fuerte. En ese escenario, la primera reacción de muchos productores es lógica: ajustar gastos. Pero en trigo, no siempre achicar significa ahorrar. Y muchas veces, el recorte termina apareciendo meses después, cuando la cosecha no entrega el rinde esperado o la calidad queda por debajo de los parámetros comerciales.

El problema no es bajar costos. El problema es hacerlo sin información. Porque en una campaña atravesada por excesos hídricos en varias regiones productivas, la nutrición pasa a ser un punto extremadamente sensible. Los fertilizantes siguen siendo uno de los principales componentes del costo directo, especialmente el nitrógeno, pero reducir dosis de manera lineal puede convertirse en una decisión mucho más cara de lo que parece.

Hoy, según explican especialistas en nutrición, la ecuación económica permite ajustar algunos kilos de nitrógeno sin comprometer tanto la rentabilidad. Sin embargo, el punto clave es entender desde dónde parte cada lote. Ahí aparece una herramienta básica que muchas veces se intenta esquivar para ahorrar dinero: el análisis de suelo.

Después de lluvias intensas y eventos de más de 150 milímetros en pocos días, numerosos lotes de la región pampeana quedaron expuestos a dos fenómenos críticos: lixiviación y desnitrificación. Traducido al idioma del productor, significa pérdida de nitrógeno disponible y menor eficiencia de uso del fertilizante.

La desnitrificación ocurre cuando el suelo entra en condiciones de anaerobiosis por saturación hídrica. En ese ambiente, bacterias anaeróbicas transforman el nitrato y provocan pérdidas importantes de nitrógeno. Hay trabajos que hablan de hasta 5 kilos de N por día en suelos anegados de la pampa húmeda. Y la lixiviación hace el resto: el nitrato se mueve hacia capas profundas y deja de estar disponible para un cultivo que recién comienza a desarrollar raíces.

Por eso, insistir con recetas generales puede ser un error costoso. En un año donde cada dólar cuenta, la verdadera eficiencia no pasa únicamente por gastar menos, sino por invertir mejor. El productor que conoce qué tiene en el suelo toma decisiones más precisas y evita resignar potencial.

Otro punto central es la estrategia de aplicación. En lotes con alta demanda de nitrógeno, hacer una sola pasada de urea implica asumir un riesgo enorme. Las lluvias pueden volver a aparecer y buena parte de esa inversión perderse antes de que el cultivo la aproveche. Por eso, dividir aplicaciones sigue siendo una práctica agronómicamente sólida.

Esas estrategias de fraccionamiento -50/50 o 60/40 según el ambiente y el nivel de nitrógeno inicial- permiten mejorar eficiencia y acompañar la demanda del cultivo en etapas clave. No es un capricho técnico: es una herramienta para defender rinde y calidad.

Y hay otro aspecto que muchas veces queda fuera de la discusión económica: la relación entre nutrición y sanidad vegetal. En trigo y cebada, una buena fertilización nitrogenada ayuda a reducir la incidencia de enfermedades necrotróficas, como las manchas foliares. Es decir, no solo impacta en producción, sino también en estabilidad sanitaria del cultivo.

En tiempos donde la rentabilidad obliga a revisar cada número, el desafío no debería ser simplemente recortar. El verdadero objetivo pasa por aumentar eficiencia, mejorar monitoreo y ajustar decisiones agronómicas en tiempo real. Porque el trigo sigue premiando al productor que maneja información y penalizando al que toma decisiones apuradas.

La campaña fina ya empezó a jugarse mucho antes de la siembra. Y este año, más que nunca, la diferencia puede estar en entender que bajar costos sin estrategia también puede salir caro.

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