Opinion

El trigo empuja, la soja espera y el mundo abre la puerta

El trigo festeja y la soja espera su turno: el campo salva la macro, pero el partido recién empieza.

Ana Sofía Pineda
Redactora especializada en agricultura en América Latina. Cubre actualidad agropecuaria, política rural, innovación y comercio agroalimentario, con foco en el impacto regional de las decisiones productivas y regulatorias.

El Gobierno celebró esta semana un dato que, más allá de la macro, tiene olor a campo. El crecimiento del 4,4% de la economía argentina en 2025, informado por el Indec a través del EMAE, tuvo un protagonista indiscutido: la cosecha récord de trigo. Con 27,5 millones de toneladas y un rendimiento promedio 50% superior al de las últimas cinco campañas, el cereal fue el motor que empujó un salto interanual del 32,2% en el rubro "Agricultura, ganadería, caza y silvicultura".

No es un dato menor. Durante años, el discurso oficial -de distintos signos políticos- relativizó el aporte del agro por tratarse de una "actividad primaria". Hoy, en cambio, el crecimiento económico tiene nombre y apellido: campo argentino.

Claro que la historia no es lineal. La campaña triguera fue extraordinaria, en buena medida, por condiciones climáticas favorables: perfiles cargados al momento de la siembra y humedad óptima incluso en zonas no tradicionalmente trigueras. Pero también hubo señales de política económica que funcionaron. La baja -primero temporal y luego permanente- de los Derechos de Exportación (DEX) actuó como incentivo. El resultado fue concreto: 400.000 hectáreas más sembradas.

Cuando se desatan algunos nudos, la respuesta productiva aparece.

Sin embargo, el entusiasmo no debería tapar los claroscuros. Si el trigo fue el salvavidas macroeconómico de 2025, la soja sigue siendo la variable estructural. Y ahí las luces son más tenues. El área sembrada se redujo en 800.000 hectáreas en la última campaña. Parte migró a maíz y girasol; parte respondió a márgenes ajustados y clima adverso. Las proyecciones de cosecha hoy se ubican por debajo de los 49 millones de toneladas, lejos del potencial que el cultivo podría expresar en un contexto más competitivo.

La oleaginosa no solo explica volumen. Explica divisas. Explica industria. Explica liderazgo global en harina de soja, un lugar que la Argentina supo construir y que hoy está en riesgo. La molienda muestra señales de estancamiento, mientras Estados Unidos y Brasil avanzan en integración con biodiésel y agregan valor puertas adentro.

La agenda pendiente es conocida: hidrovía, logística, presión impositiva, reglas previsibles. La concesión del dragado y balizamiento del Paraná aparece como un paso clave para recuperar eficiencia en costos, pero las demoras y la incertidumbre siguen generando ruido. Y el impulso al biodiésel, que podría dinamizar demanda interna de aceite y sostener precios, está virtualmente congelado.

En paralelo, hay un dato estratégico que no debería pasar desapercibido: la aprobación del acuerdo Mercosur-Unión Europea. En un mundo que se repliega hacia el proteccionismo, el bloque sudamericano logró abrir una puerta relevante. La Unión Europea -tercera economía del planeta- importó en 2024 productos agroindustriales por US$ 220.000 millones. El acuerdo contempla la eliminación de aranceles o apertura de cuotas sobre el 99,5% de las exportaciones agroindustriales del Mercosur.

No es una promesa abstracta. Es mercado concreto.

En carne vacuna, por ejemplo, la discusión no será menor: cómo distribuir la nueva cuota entre Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay en un escenario exportador muy distinto al de hace dos décadas. La oportunidad está, pero exigirá coordinación y visión estratégica dentro del bloque.

La foto actual muestra un campo que volvió a rescatar la macro con el trigo, una soja que necesita condiciones para despegar y un frente externo que ofrece una ventana inédita. La pregunta es si el país sabrá leer el momento.

Porque el mundo necesita alimentos. Y pocos lugares pueden ofrecerlos con la escala, la calidad y la capacidad tecnológica de la Argentina. Pero el mercado global no espera. Brasil mejora su competitividad año tras año. Estados Unidos integra producción y energía con agresividad. Europa redefine sus estándares ambientales y comerciales.

El trigo demostró que cuando hay clima y señales, el agro responde. La soja recuerda que sin competitividad estructural no hay milagros permanentes. Y el acuerdo con la Unión Europea plantea un desafío mayor: pasar de proveedor ocasional a socio estratégico confiable.

El rescate del campo ya ocurrió. Ahora falta que la política económica esté a la altura de esa potencia productiva. Porque en un mundo hambriento de alimentos, quedarse quieto también es una forma de retroceder.

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