Una técnica con insectos duplicó el maíz y multiplicó la producción total de la parcela
Ensayos en Kenia combinaron fertilizante producido por larvas con maíz, caupí y forrajes. El modelo duplicó el rendimiento del grano y redujo el uso de insumos químicos.
Un sistema agrícola que transforma residuos orgánicos mediante larvas de mosca soldado negra logró multiplicar hasta 8,5 veces la producción total de las parcelas experimentales, según ensayos realizados durante 2024 y 2025 en Busia, Homa Bay y Kisii, Kenia. La investigación, desarrollada por científicos del Centro Internacional de Fisiología y Ecología de los Insectos (icipe) y publicada en npj Sustainable Agriculture, combinó fertilización orgánica, maíz, caupí y especies forrajeras para aprovechar mejor la superficie y controlar plagas. En el caso específico del maíz, el rendimiento llegó a duplicarse, un resultado que abre nuevas posibilidades para reducir la dependencia de fertilizantes y pesticidas sintéticos.
La tecnología comienza con un insumo abundante y de escaso valor: los desechos orgánicos. Las larvas de mosca soldado negra (Hermetia illucens) se alimentan de esos residuos y generan, además de biomasa proteica, un material conocido como frass. Este subproducto contiene nitrógeno, fósforo y otros nutrientes que pueden regresar al suelo como fertilizante orgánico, creando un circuito en el que materiales descartados vuelven a incorporarse a la producción agrícola.
El planteo resulta especialmente relevante para pequeños productores que enfrentan deterioro de los suelos y elevados costos de insumos. En lugar de analizar únicamente la sustitución de un fertilizante químico por uno orgánico, los investigadores evaluaron un modelo integrado en el que nutrición vegetal, manejo de plagas, producción de alimentos y generación de forraje funcionan dentro de la misma parcela. El objetivo fue determinar cuánto podía producir una superficie cuando diferentes componentes agrícolas se complementaban entre sí.
De un residuo sin valor a un fertilizante que vuelve al suelo
El frass es el residuo generado después de que las larvas procesan la materia orgánica. Su aprovechamiento permite recuperar nutrientes contenidos en desperdicios que, de otra manera, podrían terminar fuera del circuito productivo. Según el icipe, el material tratado puede utilizarse como enmienda orgánica para distintos cultivos y constituye una de las piezas centrales del sistema evaluado en África oriental.
Los científicos compararon 12 tratamientos agronómicos diferentes durante las campañas de 2024 y 2025. Los ensayos incluyeron monocultivos convencionales, parcelas manejadas con insumos sintéticos y superficies donde se incorporó el fertilizante derivado de las larvas. Las pruebas permitieron contrastar el desempeño de los distintos esquemas bajo condiciones de campo en tres regiones de Kenia y determinar qué combinaciones ofrecían una mayor productividad por unidad de superficie.
Los mejores resultados aparecieron cuando el fertilizante orgánico se integró con sistemas diversificados. El maíz y el caupí fueron cultivados junto con Desmodium y Brachiaria, especies utilizadas dentro de estrategias destinadas a modificar la presencia de organismos perjudiciales y, simultáneamente, generar forraje. Esta combinación permite obtener diferentes productos sobre una misma superficie, en lugar de medir el resultado exclusivamente por los kilos de un único grano cosechado.
El modelo incorpora principios del sistema push-pull, que utiliza diferentes plantas para intervenir en la relación entre los cultivos y determinadas plagas. Así, la parcela deja de depender exclusivamente de aplicaciones externas para cumplir algunas funciones agronómicas. El fertilizante derivado de insectos aporta nutrientes mientras las especies complementarias participan del manejo biológico y producen biomasa aprovechable, ampliando el resultado productivo de la hectárea.
Hasta 8,5 veces más producción al sumar alimentos y forrajes
La cifra más llamativa surgió al medir la producción conjunta obtenida dentro de la parcela. El sistema integrado con maíz, caupí y frass alcanzó hasta 8,5 veces la producción total de un monocultivo tradicional, considerando los diferentes alimentos y forrajes cosechados. El dato, por lo tanto, no significa que el rendimiento individual del maíz se haya multiplicado 8,5 veces: para ese cultivo específico, los investigadores reportaron aproximadamente una duplicación del volumen.
Esta diferencia es clave para interpretar el estudio. El salto de 8,5 veces responde al aprovechamiento simultáneo de distintos componentes productivos sobre una misma superficie. El índice equivalente de tierra llegó a 3,3, indicador utilizado para evaluar la eficiencia de los sistemas asociados frente a cultivos separados. Los resultados sugieren que la diversificación permitió obtener una mayor cantidad combinada de productos agrícolas sin ampliar proporcionalmente la superficie utilizada.
La producción de forraje también tuvo un peso considerable. De acuerdo con los resultados informados, Desmodium aportó hasta 12,5 toneladas por hectárea y Brachiaria otras 2,4 toneladas por hectárea. Además de incrementar la biomasa obtenida, estas especies pueden aportar alimento para animales, reforzando el vínculo entre agricultura y ganadería dentro de establecimientos donde ambas actividades conviven.
El trabajo plantea además una alternativa para reducir el uso de agroquímicos sin eliminar la nutrición ni el manejo sanitario del cultivo. El enfoque consiste en reemplazar parte de esas funciones mediante procesos biológicos y reutilización de nutrientes. Para productores expuestos a precios elevados de fertilizantes y pesticidas, convertir residuos locales en un insumo agrícola podría disminuir la dependencia de productos externos, aunque los resultados todavía necesitan ser validados en una escala comercial más amplia.
Los investigadores advierten precisamente esa limitación: los datos corresponden a dos años de ensayos realizados en regiones específicas de Kenia y todavía no demuestran que los mismos resultados puedan reproducirse de manera idéntica en otras condiciones productivas. El siguiente paso será comprobar el comportamiento del modelo fuera de las parcelas experimentales y determinar su desempeño económico y agronómico cuando sea adoptado por un número mayor de agricultores.
El icipe ya impulsa una nueva etapa con un programa de US$5 millones destinado a evaluar la propuesta entre productores de Kenia, Uganda y Ruanda. Esa expansión permitirá determinar si la combinación de residuos, insectos, fertilización orgánica y cultivos asociados mantiene sus ventajas al pasar de los ensayos controlados a explotaciones de mayor escala, una prueba decisiva para establecer hasta dónde puede llegar esta tecnología en la agricultura africana.

