La vaca está gorda, pero el sistema sigue flaco
La ganadería vive un buen presente, pero sin más productividad, mercados diversificados e infraestructura, el futuro puede quedar en los huesos.
Es cierto: la ganadería argentina goza de un presente atractivo. Los precios acompañan, la demanda externa sigue firme y el mercado interno todavía responde. Pero el sector no puede vivir de la euforia circunstancial. Una cosa es vender más kilos hoy, y otra muy distinta es garantizar que en cinco años sigamos teniendo con qué llenar los barcos y las parrillas.
El problema es que, mientras todos celebramos, el stock ganadero no crece. Y cuando la base no aumenta, todo lo demás se vuelve un castillo de naipes.
En la Argentina seguimos faenando animales 30 kilos más livianos que en países vecinos y casi 200 menos que en Estados Unidos. Esa diferencia no es anecdótica: son toneladas de carne que se pierden cada año.
Si no mejoramos la relación ternero/vaca y el peso de faena, no hay milagro que aguante. Pero para eso hace falta un Programa Ganadero Nacional de verdad, con créditos accesibles, incentivos fiscales y políticas a largo plazo. El problema es que esas palabras -"largo plazo"- parecen más ciencia ficción que agenda política.
Todos coinciden en que hay demasiada informalidad, dobles estándares sanitarios, laborales y fiscales. Pero cada vez que se habla de ordenamiento, todos miran para otro lado.
Un Senasa debilitado, salarios bajos y controles a medias no alcanzan para garantizar sanidad en una industria que exporta a más de 70 países. Y la paradoja es casi cómica: el organismo puede controlar la salud de las vacas, pero no de toda la carne. Eso, en cualquier otro país, sería un chiste.
Tres de cada cuatro kilos que exportamos van a China. Suena a oportunidad, pero en realidad es un riesgo en carne viva. Basta que Pekín tosa para que acá se resfríe toda la cadena.
Argentina debería diversificar: abrir de una vez Japón, consolidar Estados Unidos, avanzar en Sudeste Asiático. Pero seguimos festejando depender de un único comprador como si fuera un triunfo estratégico.
Sin rutas rurales, sin puertos eficientes y con tasas viales que se transformaron en un impuesto encubierto, hablar de competitividad es puro relato. La carne viaja por caminos destrozados mientras los intendentes recaudan peajes encubiertos. La vaca engorda, pero los caminos adelgazan.
La ganadería argentina tiene todo para ser una potencia global: suelo, genética, know-how y mercado. Pero sin productividad real, sinceramiento, diversificación e infraestructura, el "buen momento" es apenas un veranito pasajero.
La vaca puede estar gorda hoy, pero si el sistema sigue flaco, en poco tiempo no quedará más que un costillar pelado.